Sin dolor detrás de los ojos.

Sin dolor detrás de los ojos.

Ula Mano

17/02/2026

Casi tengo veinte. Si creemos al calendario, ahora es diciembre. El calor en la habitación se pega a la piel como una segunda camisa empapada de sudor. El niño llora. Ese es su trabajo. El mío es hacer que se calle. El biberón está vacío. El agua en la cacerola está fría. Se llama Leo, aunque ese nombre solo lo pronuncio yo. Pesa tres kilos. Lo sé porque la báscula tembló cuando me subí a ella con él en brazos. Antes de él, cuarenta y ocho. Los números son lo único que parece real

La piel de los dedos se ha desgastado por lavar sin parar su ropa en el fregadero. El agua siempre está fría: él cortó la caliente para ahorrar. Paso el pulgar por la piel agrietada. No siento nada. Ya no. Detrás de los ojos hay un dolor sordo, opresivo; lleva allí tres semanas, desde aquella noche en la que no podía dejar de llorar y comprendí que estaba absoluta e irrevocablemente sola. La ventana da a un muro de ladrillo. A veces apoyo la frente en el vidrio frío e imagino que del otro lado hay otro mundo.

Saco un paquete de cigarrillos del bolsillo de su abrigo. Lo dejó el invierno pasado. El paquete está blando, aplastado. Saco uno. Está doblado, pero no roto. Las manos me tiemblan cuando intento, como él, encenderlo con un mechero sin gas. Las chispas bailan, negándose a convertirse en fuego. El llanto del niño corta el aire, agudo y seco. Aprieto el cigarrillo entre los labios y finjo que fumo. Un reflejo inexistente de llama se refleja en la ventana oscura. En él, mi cara. Pálida. Vacía. Ajena.

El mechero chisporrotea. Se me cae al suelo. El cigarrillo en los labios, como una bandera de rendición. No me muevo. Me quedo de pie y escucho el grito de hambre de mi hijo, mi respiración, el aullido lejano de una sirena serpenteando entre las calles de la ciudad. El dolor detrás de los ojos se derrama como una marea lenta. El muro de ladrillo en la ventana se difumina. El llanto se apaga. O soy yo. Pienso en el número doce. En su forma. Luego solo queda el silencio y el sabor del tabaco apagado.

Ya no siento el suelo bajo los pies. Estoy de pie. Pero no hay apoyo: solo una caída sin movimiento. La frente pegada al vidrio frío. El calor retrocede. El llanto se hunde, se vuelve un eco lejano. En la palma, el cigarrillo: un ala muerta y arrugada de insecto. Abro los dedos y cae hacia abajo, abajo, al gris. No hay nada que atrapar. Sigue cayendo, uniéndose a lo que ya no se puede atrapar.

Veo la aguja de la báscula, temblando entre los números. Cincuenta y uno. Tres. Cuarenta y ocho. Intento sentir su peso —la realidad tibia del cuerpo—, pero se escapa, se convierte en otro número sin resolver. El dolor desaparece, dejando paso a un vacío enorme, parecido al reposo. Es ese silencio al que perseguía. El que añoraba cuando solo conocía el llanto. No es liberador. Es definitivo. El chasquido de una puerta que se cierra. La luz que se apaga.

Ya no hay muro de ladrillo. No hay habitación. No hay ventana. Solo la forma del número doce en mi cabeza, y luego también se disuelve en el gris. Por un instante pienso en un nombre. Leo. La forma de la palabra existe, pero el sentido se deshilacha, como un hilo arrancado del tejido de mi mundo. Yo no soy nadie. Yo no estoy en ningún sitio. Soy un cigarrillo no encendido, cayendo eternamente en una oscuridad infinita y silenciosa. Y luego ni siquiera eso.

Tengo siete. Quizá ocho. Un calendario en la pared con los bordes descascarados, un gato de dibujos animados sonriendo: marzo. No recuerdo marzo. No recuerdo al gato. Solo recuerdo la cuchara en la mano y cómo el metal se clavó en la palma cuando me agarró de la muñeca. La papilla estaba fría. El llanto era fuerte. La puerta estaba cerrada con llave. Su llave rechinaba en la cerradura desde fuera, un sonido como de piedra raspando el vidrio. El tiempo se mide por esos sonidos. El rechinar de la llave. El clic de la cerradura. El golpe pesado de sus botas. El silencio después.

Ahora estoy hecha de silencio. Vivo en los intervalos entre los sonidos. Respiro cuando él exhala. Me muevo cuando se da la vuelta. El cuerpo es una cosa que llevo, una carcasa vacía, acostumbrada al dolor, dolorida por un hambre que no tiene que ver con la comida. Las manos, llenas de cicatrices del radiador. Las rodillas, cubiertas de costras del suelo. Tengo un nombre, pero es un secreto encerrado detrás de los dientes, una piedra lisa y plana sobre la lengua. Si lo digo, se romperá. Y yo me romperé con él. Y no puedo ser débil. Todavía no.

La ventana de la habitación da a una escalera de incendios oxidada. A veces veo palomas: grises, gordas, con plumas sucias. Se pelean por una miga de pan: un estallido de alas y gritos agudos, rabiosos. Entiendo la pelea. Entiendo el hambre. Me pego al vidrio: el frío no salva. Miro. Espero. No sé qué. Que la llave deje de rechinar. Que las botas dejen de golpear. Que el silencio deje de ser una jaula.

Otra vez números. No los de la báscula. Otros. Los de la factura de la luz que deja sobre la mesa, los escritos en tinta roja al pie de la página. Los señala con el dedo: grueso, amarillento. Grita. Las palabras son solo sonidos, pero la rabia es algo que siento en el gusto: metálica, ácida, en el fondo de la garganta. Asiento. No lloro. El llanto es un lujo que no puedo permitirme. La debilidad la rompería, como rompió el asa de la taza de té con una pequeña rosa al lado. Barrí los fragmentos: cada uno era una diminuta estrella de bordes afilados en el recogedor. Dejé uno. Ahora lo llevo en el bolsillo: un punto pequeño y secreto de dolor.

Hoy la llave no rechina. Oigo voces en el pasillo: bajas, tensas. Entre ellas, una femenina, extrañamente aguda. Luego la puerta se abre, y no es él. Personas con uniforme, con rostros severos. Las botas no golpean. No gritan. Hablan con suavidad, con cuidado, como si se acercaran a un animal asustado. Ese animal soy yo. Retrocedo, me echo el abrigo sobre el cuerpo desnudo, la mano en el bolsillo aprieta los bordes afilados del fragmento de taza. El silencio que traen es peor que su ruido. Su silencio hace preguntas a las que no puedo responder.

Una de ellas se arrodilla. Huele de una forma extraña, desconocida.

—Todo está bien, ahora estás a salvo.

Las palabras no significan nada. La seguridad es una habitación con la puerta cerrada. La seguridad es el rechinar predecible de la llave. La seguridad es el silencio que conozco. Y este nuevo silencio es un océano enorme y aterrador. Niego con la cabeza. El fragmento se clava en la palma: un punto pequeño y afilado de realidad en un mundo que se desmorona. Otro hombre habla por la radio. Oigo mi nombre —el nombre secreto, encerrado detrás de los dientes— pronunciado en voz alta en la habitación silenciosa. Me quiebro.

Me sientan en un coche. Las ventanas están limpias. Veo la ciudad: un movimiento borroso de luz y color que antes solo veía a través de la suciedad de mi ventana. Es demasiado. Demasiado brillante. Demasiado ruidoso. Cierro los ojos. Siento el zumbido del motor, la vibración que sube desde las suelas hacia dentro. Otra vez una carcasa, una cosa vacía que trasladan de una jaula a otra. El fragmento de taza ya no está. La mujer me toma la mano y abre mis dedos: su contacto es suave. Envuelve mi palma sangrante con una tela blanca. No me resisto. No tengo con qué.

El lugar nuevo es blanco. Paredes blancas. Suelos. Sábanas. No hay números, ni tinta roja, ni gatos de dibujos animados. Hay una ventana, pero da a un césped: verde, perfectamente cortado. Otros niños. Ríen. Juegan con pelotas y cuerdas. Caras abiertas, no asustadas. Los miro desde el umbral de mi habitación: un fantasma en la casa de los vivos. Una mujer de ojos amables y voz suave trae comida en una bandeja. El plato es brillante. Zanahoria. Guisantes. Un trozo de pollo. Lo pincho con el tenedor. No tengo hambre. Nunca tengo hambre. Un recipiente para el vacío.

Los años pasan como páginas de un libro. No leo. Aprendo a copiar expresiones. A decir las palabras correctas. A sonreír cuando esperan una sonrisa. El vacío dentro permanece: una habitación fría, cavernosa, donde no entra la luz. Me dan un nombre nuevo. Dicen que el pasado es una historia que nos contamos a nosotros mismos, y que puedo escribir una nueva. Una nueva historia. Yo solo tengo una. Está escrita en la piel: en la cicatriz de la palma, en el sobresalto cuando se cierra una puerta. Lo llaman progreso cuando paso un día entero sin mirar por encima del hombro. Yo lo llamo supervivencia.

Tengo diecisiete. Dicen que pronto podré irme. Hay trabajo. Lavo platos en un bar. El agua está caliente. El vapor empaña un pequeño espejo sobre el fregadero. Veo mi cara: una mancha pálida, ovalada. A veces pienso: ¿en el espejo estoy yo o el reflejo de la chica que quieren ver? En el trabajo soy buena. Callada. Eficiente. Las manos siempre en agua caliente: rojas y mojadas, pero limpias. No hay números en las facturas. No hay rechinar de llaves en cerraduras. El tintinear de los platos, el siseo de la parrilla, el ir y venir interminable de gente ajena. Casi libre. Casi entera.

Hay una habitación sobre la panadería. Huele a levadura y azúcar. Hay una cama. Una ventana que da a un callejón. Un gato: un callejero de una sola oreja, apareció una noche y no se fue más. Lo llamé Piedra. Pesado y tibio cuando duerme sobre mi pecho, un peso pequeño y ronroneante contra el vacío. Trabajo. Vuelvo a casa. Doy de comer a Piedra. Me siento junto a la ventana y miro el callejón. La vida. Tranquila. Segura.

A veces, en lo más profundo de la noche, me despierto sin aliento, con el sabor fantasma del tabaco apagado en la boca y el eco del llanto de un niño en los oídos. Casi tengo veinte. El calendario en la pared dice que es diciembre. El calor en la habitación se pega a la piel como una segunda camisa empapada de sudor. El niño llora. Ese es su trabajo. El mío es hacer que se calle. Miro mis manos. No son mías. Son de un fantasma. De la niña que murió a los siete, a los ocho, a los diecisiete, a los veinte. Cierro los ojos y dejo que la oscuridad me lleve. La oscuridad es conocida. Definitiva. Silenciosa. No lucho. Dejo que me cubra con una ola fría y suave. Por fin. De verdad. En reposo. Sin dolor detrás de los ojos.

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