Para no creerlos.
Porque los cuentos —esos animales domésticos que a veces muerden— nunca deben tomarse al pie de la letra. Los cuenteros, en cambio, son nubes preñadas de tormenta: cargan agua, sí, pero también esconden relámpagos que no avisan. Por eso un nihilista, o los escépticos de alma curtida, aprenden a desconfiar de los relatos que los señores del poder fabrican con la misma facilidad con que otros fabrican sombras.
Y este cuento —que tampoco deben creerme— narra la historia de un hombre pobre, convencido de que su pobreza era un decreto divino, firmado por dioses distraídos desde sus alturas olímpicas. Él lo aceptaba con la serenidad de quien cree que el destino es un mueble heredado: incómodo, pero imposible de botar.
Había pasado sesenta años y siete más cocinando consignas en una olla que nunca hervía. Licuaba las más delgadas para beberlas en gotas rituales, como si fueran elixir o penitencia. Estaba flaco, agotado, huesudo, y le gritaba a su mujer que ya no tenía fuerza ni para reír. Pero seguía. Porque el prana de su vida —su aire, su savia, su delirio— eran las consignas mismas: promesas de vacas gordas, mares de café, ríos de aceite, cervezas que nunca llegaban.
Las cadenas que lo cimbraban no le preocupaban. Él repetía, con la fe de un monje extraviado:
“Mientras el enemigo eterno no nos aniquile, y haya plátanos en los mercados, somos millonarios.”
Y así vivía, sostenido por un hilo invisible, como esos personajes kafkianos que no saben que ya están muertos, pero siguen cumpliendo con su rutina por pura obediencia al absurdo.
Hasta que un día —un día de sol sin luz, de claridad sin cobijas, de realidad sin metáfora— murió.
Murió de anemia social, una enfermedad que no aparece en los manuales de medicina, pero que consume a los pueblos que han olvidado cómo se sueña.
Dicen que al morir, su cuerpo pesaba menos que una consigna.
Dicen que su sombra se negó a acompañarlo.
Dicen que los dioses olímpicos, por primera vez en siglos, miraron hacia abajo.
Y no creyeron lo que vieron.
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