Observo el tablero desde un ángulo distinto. El cambio de lugar no altera la visión, solo agudiza el oído.
En los pasillos se oyen los ecos de quienes confunden ser vivos con ser ladrones, y el respeto con hacerse los locos.
Hoy entendí que ser íntegro cuesta, y no todos están dispuestos a pagar ese precio. Algunos se conforman con las monedas baratas del engaño diario, mientras otros cargamos el peso dorado de la verdad, aunque nos agote.
Esto no es una pelea por puestos, es una diferencia de esencia: hay quienes viven en el ruido de la culpa y quienes construimos nuestro propio reino en el silencio claro.
Dicen que el poder es de quien grita más fuerte o de quien sabe esconder la mano. Yo creo que el verdadero poder lo tiene quien puede mirar de frente sin agachar la mirada. Me han movido la silla, pero no el rumbo; me han cambiado el cargo, pero no la coraza.
Al final del día, cuando se apagan las luces de la oficina, cada quien se lleva lo que ha sembrado. Algunos se llevan lo que le robaron al tiempo; yo me llevo la paz de saber que mi voz, incluso callada, sigue marcando el juego.
Escribir, al final, es la única forma de no volverse parte del decorado.
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