El viaje que no hicimos
Nos despertamos y ella estaba de mal humor. Me dijo que yo era un malo. No discutí. Afuera el cielo amanecía cerrado, como si alguien hubiera bajado una persiana sobre el mundo. Las montañas nevadas escupían ráfagas de frío y no había abrigo capaz de protegernos de esas puñaladas invisibles.
El viaje era, en verdad, una excusa. Yo quería sol. Quería otra región donde la luz nos cayera encima hasta quemarnos la piel, aunque el aire siguiera siendo helado. Quería irme antes de que el otoño se nos metiera definitivamente en la casa.
Entré al cuarto y comencé a preparar la mochila con movimientos cautelosos, como quien esconde una esperanza. Ella levantó el celular, marcó y dijo:
—No he terminado mis trabajos, así que suspendimos el viaje… Avisale a…
No escuché más.
El grito me salió sin permiso.
Sus pómulos estaban encendidos. No de furia, sino de una fiebre contenida. En sus ojos no había chispas: había cansancio. Y esa lengua roja que yo creí ver asomando y escondiéndose no era más que la palabra retenida, la que no quería decir: no quiero irme, no quiero seguirte, no hoy.
Comprendí entonces que el frío no bajaba de las montañas. Bajaba entre nosotros.
—Tranquilo, soy yo —dijo—. Me desperté y no quiero partir esta mañana.
Y su negativa fue como una nube más en el cielo.
El viaje quedó suspendido, igual que el sol.
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