Días en la escuela

Días en la escuela

Raulito

16/02/2026

Días en la escuela

Entro despacito, como si el aula pudiera no advertir mi presencia. No sé por qué, pero a veces preferiría no abrir esa puerta. El aire huele a polvo y a encierro. Afuera, en cambio, mi cerro respira.

Pronto llegarán ellos, los niños, y yo ya estoy lejos. Tan lejos que me veo diminuto entre las quebradas inhóspitas de mi tierra. Camino con mis perros, el viento me golpea la cara y me trae el aroma tibio de la salvia y de la muña muña. El sol enciende las piedras. Escucho el rumor del agua bajando clara entre las montañas y siento que todavía pertenezco a algo que no me exige explicaciones. En mis manos hay una honda, no un cuaderno; en mis bolsillos, tostados de maoiz; en mi boca, el dulzor espeso de un platito de leche api que humea como las mañanas de agosto.

Estoy por trepar hasta el vértice del Quenko a buscar mis llamitas. Las llamo. Ellas responden. Yo también respondo. Todo es sencillo ahí: el cielo es cielo, la tierra es tierra y yo soy parte de ambos.

Entonces la campana estalla.

El sonido cae como piedra en el agua y lo borra todo. El cerro se repliega, las llamitas se disuelven, el viento se vuelve silencio. Regreso. Regreso siempre.

Aparecen ellas, todas blancas, inmóviles sobre el escritorio. Las miro y siento que también me rehúyen. Si no las mojo, se niegan a escribir; si las presiono, chillan; si intento guiarlas, se rebelan y se corren de la línea. Dejan marcas torcidas sobre el rectángulo ocre, verdoso y áspero que pende de la pared. A veces escriben como quieren. “Hayer”. Y esa palabra me duele más de lo que debería.

Porque ayer… ayer yo era otro.

Ayer estaba en el murmullo inconfundible de las aguas cristalinas de mi infancia. Ayer no tenía que dividirme entre lo que soy y lo que debo ser.

Los niños entran. Sus voces llenan el aula como un río desbordado. Me miran esperando algo que todavía no termino de encontrar. Les hablo, explico, corrijo. Cumplo.

Pero cuando uno levanta la vista y sonríe sin saber por qué, cuando otro me regala una palabra recién aprendida, algo en mí se aquieta. No es el cerro, no es el viento, no es la muña muña… pero es tibio.

Hoy pedí perdón. Dije gracias.

Ellos se rieron.

Ay, si supieran que en esa risa encuentro un puente.
Que gracias a ellos regreso cada día.
Que tal vez no estoy tan lejos.
Que tal vez el cerro también me espera aquí.

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