Las
fiestas navideñas ya habían quedado muy atrás para los animales que vivían en
los ciénegos, en los ríos, en las montañas y en las lagunas. El sol del verano
caía fuerte sobre los cerros y el aire olía a tierra seca. Todos esperaban las
lluvias para refrescarse.
Una
mañana de cielo despejado y ventoso, los animales se despertaron aturdidos por
un sonido que llegaba desde el pueblito. No era viento ni trueno. Era música.
Una
llama, subida a un colectivo envuelto con serpentinas de colores, anunciaba a
través de un megáfono:
—¡Oigan
y escuchen, amigos!
Ya se acerca el carnaval,
ya no es tiempo de andar triste,
hay que cantar y bailar.
—¿Carnaval?
—murmuraron.
Las
truchitas asomaron sus cabecitas brillantes.
Los zorritos se sentaron en la orilla del río con la cola enroscada.
Las vizcachas dejaron de roer.
Hasta el cóndor inclinó el cuello desde lo alto.
La
llama estacionó el colectivo y bajó con un puñado de invitaciones perfumadas
con albahaca fresca.
—El
carnaval —dijo— es tiempo de comparsa. Es cuando los cerros despiertan cantando
coplas, cuando la risa corre como el agua y nadie baila solo.
Una
lagartija, rápida como chispa, preguntó:
—¿Y
qué es comparsa?
—Es
caminar juntos, cantar juntos, bailar juntos —respondió la llama—. Es llenar de
colores el polvo del camino.
Los
animales escuchaban con la boca abierta. La llama siguió:
—Pero
hay una condición: el que vaya deberá disfrazarse o llevar máscara. En carnaval
todos podemos ser un poquito otros… ¡y un poquito más libres!
Un
loro, que sabía de fiestas porque había vivido cerca de la plaza, agregó:
—Habrá
diablitos traviesos con cascabeles, harina volando en el aire y ramas de
albahaca detrás de la oreja para perfumar la alegría.
Los
ojos de los animales brillaron.
—¡Queremos
ir! ¡Queremos ir! —gritaron.
—Dentro
de cinco días pasaré a buscarlos —avisó la llama—. Prepárense.
Y
comenzó la revolución del cerro.
El
zorro, astuto como siempre, decidió disfrazarse de jirafa y se fabricó un
cuello larguísimo con cañas y telas.
La
víbora anunció que sería colibrí y se cosió alas tornasoladas.
Las truchitas juntaron escamas caídas para hacerse coronas brillantes.
El sapo practicaba coplas golpeando una pequeña caja hecha con madera de sauce:
“Si no
llueve en estos días
que llueva copla y arena,
que florezca la esperanza
y que olvidemos las penas.”
Una
golondrina ayudaba a coser, el quirquincho traía cintas, y hasta el puma aceptó
ponerse una máscara de diablito con cuernos pequeños y cascabeles que sonaban
al saltar.
Cuando
llegó el domingo, el cerro parecía pintado. Los animales madrugaron, se
espolvorearon un poquito de harina —solo para probar— y colocaron ramitas de
albahaca detrás de las orejas, como les había enseñado la llama.
Tal
como lo prometió, el colectivo regresó tocando bocina al ritmo de la caja.
En
el pueblo, la comparsa ya estaba lista. Los humanos miraron asombrados cuando,
desde el colectivo, bajaron zorros jirafa, víboras colibrí y pumas diablitos.
La
harina voló como nube blanca.
Las coplas cruzaron la plaza.
Los diablitos saltaron haciendo sonar sus cascabeles.
La risa se mezcló con el viento del cerro.
Y
por primera vez en mucho tiempo, los animales sintieron que el calor no pesaba
tanto. Porque el carnaval no traía lluvia… pero sí algo parecido: traía
encuentro.
Desde
entonces, cuando el verano aprieta y el agua escasea, los animales no solo
esperan la lluvia. Esperan el carnaval.
Y
colorín colorado,
entre coplas y harina,
este cuento ha terminado.
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