Microrelato.
La lluvia había terminado hacía exactamente siete minutos, aunque el reloj de mi teléfono insistía en que habían pasado treinta y dos. Sospeché, no por primera vez, que los relojes mienten cuando el mundo está recién lavado.
El olor subía desde la tierra como si la ciudad hubiese abierto una boca invisible. Petricor, dije en voz alta, con el cuidado de quien pronuncia una contraseña que tal vez no exista. La palabra flotó frente a mí unos segundos, indecisa, como una mosca culta.
Fue entonces cuando lo vi.
Un hombre pequeño, vestido con un traje gris del siglo pasado, caminaba recogiendo palabras del suelo. No hojas, no piedras: palabras. Se agachaba con la solemnidad de un sepulturero y las guardaba en una caja de madera.
— ¿Qué hace usted? —le pregunté.
El hombre me miró con una paciencia mineral.
—Recojo las palabras que no han sido aceptadas —respondió—. Caen cuando llueve.
Miré el suelo. Allí estaba petricor, temblando como un insecto recién nacido.
—Pero esa palabra existe —dije.
El hombre sonrió con tristeza.
—Existe en la boca de algunos. Pero no en el lugar donde las palabras son inmortales.
Comprendí entonces que el diccionario no era un libro, sino un territorio. Y que había fronteras, aduanas, expulsiones. Comprendí también que las palabras rechazadas no morían: se quedaban aquí, respirando con dificultad, esperando que alguien las adoptara.
El hombre siguió su camino.
Yo me quedé solo con el olor de la lluvia, que no era un olor sino una memoria. Era el olor de todos los mundos posibles que no habían sido oficialmente reconocidos.
Caminé. Y al caminar, noté algo más.
El suelo estaba lleno de lápidas diminutas, cada una con un nombre grabado. No nombres de personas, sino nombres de palabras olvidadas. Algunas estaban rotas. Otras brillaban con una luz obstinada.
Entendí que cada vez que alguien pronunciaba una palabra prohibida, una de esas lápidas se agrietaba un poco, como si algo desde abajo empujara.
Seguí caminando hacia la colina que subía al cielo —porque no era una metáfora, sino una pendiente real que comenzaba detrás de la última calle— y supe, con la serenidad de quien acepta una condena necesaria, que algún día mi nombre estaría allí también.
No mi nombre de hombre.
Mi nombre de palabra.
Y entonces comprendí, por fin, que ninguna lápida es el final.
Son puertas.
Respiré otra vez el olor de la tierra mojada.
Y por un instante —o por todos los instantes posibles— tuve la sospecha de que la lluvia no había caído para mojar la tierra, sino para recordarles a las palabras que todavía podían regresar.
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