Dicen —no sé si los duendes del monte o los viejos espíritus que habitan en las grietas de los libros— que los cuentos y las leyendas tienen voz de barítono cuando hablan con los que ya cruzaron la frontera de los setenta. Una voz grave, antigua, que no ordena: aconseja. Y el consejo es siempre el mismo, repetido como un salmo que se niega a morir: escribe, pero no concurses ni en esta plataforma.
Porque —aseguran los susurros que se esconden detrás de las cortinas del tiempo— a los humanos de edad avanzada no se les otorgan premios, por muy brillantes que sean sus obras. La vejez, dicen, es el único galardón prometido a la juventud que se fue sin despedirse. Un trofeo silencioso que se cuelga del cuello como un escapulario inevitable.
Añaden, con una risa que parece viento entre huesos, que debemos conformarnos con ese reconocimiento involuntario: arrastrar los pies, quejarnos de la lumbar como si fuera un tambor desafinado, usar espejuelos que agrandan el mundo pero empequeñecen las letras, y correr despacio… o mejor dicho, aceptar que ya no se corre.
La literatura —según ellos— se nos vuelve vieja también, como si las palabras se cansaran de acompañarnos y prefirieran la agilidad de los jóvenes guerreros que aún creen que el tiempo es un caballo dócil.
Ninguna competición es buena para nosotros, repiten los murmullos. Las canas no brillan en los podios, y los huesos gastados no suenan bien en los escenarios donde se celebran las victorias ajenas. En ese mundo de espadas nuevas, nosotros somos reliquias de museo, piezas de un pasado que nadie se atreve a restaurar.
Y sin embargo, en medio de esa sentencia que parece definitiva, hay un resplandor. Un destello mínimo, como el de una luciérnaga que insiste en alumbrar la noche entera. Porque el único premio que nos queda —el histórico, el ineludible, el que nadie puede arrebatarnos— es el de siempre: abandonar el mundo dejando atrás una historia que sólo nosotros podíamos contar.
Ese es el verdadero galardón.
El que no se entrega en ceremonias.
El que no necesita jurados.
El que no envejece.
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