Los tambores que nadie tocaba
Confieso que nunca supe en qué instante comenzó todo, ni si en verdad comenzó aquella tarde o si, por el contrario, había empezado mucho antes, en un tiempo que no me pertenecía.
Teresa, la anciana, caminaba por la ciudad como si la ciudad hubiera sido hecha para ella y no al revés. La recuerdo avanzando con una lentitud ceremoniosa, como si sus pies no pisaran el suelo sino una memoria invisible que sólo ella podía ver. En aquellos años, La Habana todavía respiraba como una criatura viva: los balcones colgaban sus sábanas al sol como banderas de paz doméstica, y las calles tenían una limpieza humilde que parecía un acto de fe.
A Teresa le decían la anciana, aunque yo sospechaba que había sido vieja desde el principio del mundo.
Me invitó a su fiesta de santo con una naturalidad que no admitía negativa.
—Ven, hijo —me dijo—. Ya es hora.
Yo tenía diecinueve años, y la incredulidad me servía de escudo contra todo aquello que no pudiera desmontarse con la razón. Nunca había asistido a una fiesta así. Había escuchado historias, claro: frutas que parecían brotar de la nada, aguardiente que no se agotaba jamás, mujeres cuyos cuerpos obedecían a una música anterior al lenguaje. Pero todo eso me parecía parte de un folclore remoto, una superstición heredada como se heredan las cicatrices.
Sin embargo, fui.
La casa de Teresa era una casa colonial que parecía sostenerse más por la voluntad que por los ladrillos. El patio estaba allí, intacto, con su murito de cemento gastado por los años y las conversaciones. El aire tenía un espesor distinto, como si uno entrara en un espacio donde el tiempo se hubiera detenido por respeto.
Teresa me condujo hasta su altar.
—Mira, hijo —me dijo con una voz que no parecía salir de su garganta sino de un lugar más antiguo—. Aquí está mi vida. Mi padre. Mi Obatalá.
El altar resplandecía con una blancura que no era de este mundo. Las telas parecían tejidas con la paciencia de los siglos. Había frutas, velas, caracoles, recipientes que guardaban secretos sin nombre.
Yo conocía a Obatalá sólo por los libros, esa sabiduría seca que no tiembla ni respira. El creador. El dueño de las cabezas. El padre que moldeó a los hombres con el barro de la conciencia.
Pero allí, frente a mí, no era una idea.
Era una presencia.
Saludé torpemente, con el respeto confuso que uno ofrece cuando ignora el protocolo de lo invisible. Luego estreché manos, saludé rostros familiares que de pronto me parecieron distintos, como si la ropa blanca que vestían no fuera una prenda sino una transformación.
Después me senté en el murito del patio.
Y fue entonces cuando empezó.
Al principio creí que era mi imaginación, ese mecanismo imperfecto que se activa cuando uno entra en territorios desconocidos. Pero el sonido persistía: tambores lejanos. Profundos.
No eran golpes aislados, sino un latido organizado, como el corazón de algo gigantesco que respiraba bajo la tierra. Entre los golpes, surgían voces que cantaban en una lengua que no reconocía, una lengua hecha de sílabas redondas y antiguas, que parecían existir antes que las palabras mismas.
Miré alrededor.
Nadie tocaba nada.
Nadie cantaba.
Las personas conversaban en voz baja, reían, bebían, ignorantes —o fingiendo ignorar— aquel fenómeno que se apoderaba de mis oídos.
Entonces percibí el olor.
No era el olor común de un patio habanero. Era un olor a monte profundo, a hojas recién quebradas, a tierra húmeda después de una lluvia que no había caído. Un olor vivo. Me quedé inmóvil.
No por miedo, sino por una fascinación que no sabía nombrar.
Fue entonces cuando Rubén apareció.
Rubén era alto como una ceiba, y su piel tenía ese color oscuro que no refleja la luz sino que la guarda. Lo conocía de vista: un hombre silencioso que compraba lo necesario y se marchaba sin dejar huella. Decían que tenía hecho San Lázaro, y que había sobrevivido a enfermedades que no perdonaban a nadie.
Se sentó a mi lado sin pedirme permiso.
Me ofreció una jícara de aguardiente.
Bebí.
El líquido ardió como si quisiera despertar algo dormido en mi sangre.
Rubén no me miró de inmediato. Permaneció en silencio, escuchando.
Escuchando lo mismo que yo.
—Los oyes —dijo finalmente.
No era una pregunta.
Era una afirmación.
Sentí un escalofrío.
—Sí —respondí.
Rubén asintió, como si eso confirmara algo que ya sabía.
—Los tambores que oyes no están aquí —dijo con calma—. Son los tambores de antes.
Lo miré sin entender.
—Nuestros ancestros —continuó—. Ellos nunca se fueron. Sólo cambiaron de lugar.
Sus palabras no tenían la intención de convencerme. Eran la simple descripción de un hecho.
—Están celebrando —añadió—. Y tú los estás oyendo.
— ¿Por qué yo? —pregunté.
Rubén me miró entonces, y en sus ojos vi una profundidad que no pertenecía a un solo hombre.
—Porque tienes oídos que no han olvidado.
No supe qué responder.
Rubén se levantó. Se marchó sin despedirse.
Y me dejó solo con el sonido.
Los tambores continuaron durante un tiempo que no supe medir. Podían haber sido segundos o siglos. Cada golpe parecía acercarse más, como si aquello que lo producía avanzara hacia mí desde un punto imposible del tiempo.
Y entonces, sin transición, cesaron.
El silencio que quedó fue más inquietante que el sonido. Me levanté. Salí a la calle.
La ciudad seguía allí, indiferente, ocupada en su rutina de siempre. Los autos pasaban, las voces se mezclaban, el mundo continuaba sin alteración.
Pero yo ya no era el mismo.
Caminé sin mirar atrás.
Durante años me convencí de que todo había sido una ilusión, una sugestión provocada por el aguardiente o por mi juventud.
Hasta que, una tarde, muchos años después, regresé a buscar la casa.
No estaba.
En su lugar había un edificio, sin memoria.
Pregunté a los vecinos.
Nadie recordaba a Teresa.
Nadie recordaba aquella casa.
Nadie recordaba nada.
Sólo un hombre muy viejo, sentado frente a una bodega, me miró fijamente cuando mencioné su nombre.
—Teresa murió hace más de cien años —dijo.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
— ¿Y Rubén? —pregunté.
El viejo sonrió con tristeza.
—Rubén murió antes que ella.
No dije nada más.
Esa noche, mientras caminaba de regreso, los oí otra vez.
Lejanos.
Persistentes.
Esperando.
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