La primera vez que él sospechó que la realidad no era más que una costumbre bien aprendida, fue una mañana cualquiera, mientras pelaba una naranja. La cáscara se desprendía en espiral, como si conociera de antemano el camino exacto de su caída, y el olor cítrico subía hacia su rostro con la precisión de una fórmula química. Todo parecía obedecer a leyes limpias, exactas, indiscutibles. Entonces, con la arrogancia de quien cree haber comprendido el mecanismo secreto del universo, exclamó para sí mismo, casi con júbilo:
—El pensamiento es el producto de la materia altamente organizada.
Y por un instante creyó ver, reflejada en el vidrio de la ventana, la sonrisa aprobatoria de un viejo barbudo que jamás había conocido, pero que parecía habitar en las convicciones de todos los hombres que necesitan certezas.
Sin embargo, el mundo tenía la mala costumbre de contradecir a los convencidos.
Porque bastaba vivir para que comenzaran a suceder historias sin sentido.
Ella lo sabía.
Su país era una jaula sin barrotes visibles, donde el aire mismo parecía escuchar. Los gobernantes habían declarado enemigo al país donde vivía su padre, y con esa declaración habían convertido el amor filial en una actividad sospechosa. Escribía cartas con la obstinación de quien lanza botellas al mar, aunque sabía que el mar estaba lleno de manos invisibles que interceptaban los mensajes antes de que tocaran el agua verdadera. No existía el ciberespacio.
Las cartas no desaparecían: eran secuestradas.
Se las imaginaba temblando en escritorios ajenos, abiertas por hombres sin rostro que las leían con la indiferencia de los carniceros. Algunas eran quemadas. Otras, pocas, eran liberadas con la calculada misericordia de quien necesita leer también la respuesta.
Así pasaron los años, en esa guerra sin balas donde la víctima era la intimidad.
Hasta que apareció el amigo.
Nadie sabía exactamente de dónde había salido. Bebía ron como si en cada trago intentara apagar un incendio interior, y sin embargo conservaba una lucidez que incomodaba. Aseguraba haber sido médico, aunque nadie recordaba haberlo visto curar. Tenía los ojos cansados de quien ha visto demasiado, o demasiado poco.
Fue él quien dijo, una noche en que el ron le aflojaba la lengua:
—Yo puedo hacer que esas cartas lleguen.
No explicó cómo. No era necesario.
En aquellos tiempos, la esperanza se aceptaba sin pedirle documentos.
Ella le entregó tres cartas.
Las sostuvo en sus manos durante un instante, como si fueran pájaros vivos, antes de dejarlas caer en las manos del hombre enigma.
Días después, él anunció con solemnidad alcohólica:
—Ya están en la embajada.
Ella sintió una alegría que le parecía ilegal.
Pero la realidad, cuando decide desobedecer, lo hace con una precisión implacable.
Un sábado fueron invitados a la casa del señor enigma. La casa del hombre incógnita era más grande de lo que correspondía a su vida, como si hubiera sido construida para otra persona que nunca llegó. Almorzaron abundantemente. Bebieron. Rieron con la exageración de quienes desean creer que todo está bien.
Al caer la noche, los niños fueron acostados en el mezzanine, donde el aire parecía más delgado.
Fue entonces cuando comenzó el frío. Eran las 11 de la noche. Todo estaba en silencio, los dueños de la casa se habían ido a sus habitaciones. Empezó a sentirse frío.
No era un frío físico, sino una sospecha que se filtraba por los huesos.
La niña, que tenía cuatro años y todavía no había aprendido a mentir, señaló hacia un rincón vacío.
—Mamá, allí hay alguien.
Su voz no contenía miedo, sino certeza. Después se abalanzó a los brazos de su padre.
Él también lo sintió.
No vio nada, pero percibió la forma de una ausencia, como si alguien invisible ocupara un espacio que el aire ya no podía habitar.
Ella bajó las escaleras, empujada por una intuición que no le pertenecía.
Caminó hasta la vitrina. Una vitrina de cristal opaco.
No recordaba haber decidido abrirla.
Sus manos lo hicieron sin consultarla.
Y allí estaban.
Sus cartas.
Abiertas.
Desnudas.
Heridas.
El mundo se detuvo en ese instante.
Todo lo que había creído sólido se volvió sospechoso.
Entonces escuchó la voz.
No provenía de ningún lugar, sino de un tiempo.
—Ese hombre no es confiable.
Giró lentamente.
Una anciana estaba sentada en la penumbra.
No la habían visto entrar.
No la habían visto existir.
—Fue malo conmigo —dijo la anciana con una tristeza que parecía haber esperado décadas para ser pronunciada—. Váyanse. No vuelvan nunca.
La voz no pedía obediencia.
La producía.
A las cinco de la mañana se marcharon sin despedirse.
El hombre enigma dormía, o fingía dormir.
Ella llevaba las cartas en su bolso.
No se dijeron el y ella una palabra durante el camino.
No era necesario. Ambos sabían que algo había intervenido.
Algo que no pertenecía a la materia.
Muchos años después, él volvió a pelar una naranja.
La espiral cayó con la misma precisión.
El olor fue el mismo.
El mundo parecía obedecer las mismas leyes.
Pero él ya no repitió aquella frase.
Había comprendido que la materia podía organizar el pensamiento, sí, pero no podía explicarlo todo.
Porque en algún rincón de la realidad, donde las certezas se agotan, los muertos todavía vigilan a los vivos.
Y a veces, con la ternura silenciosa de quienes ya no necesitan nada, regresan únicamente para salvar lo único que aún puede salvarse: la verdad.
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