Nació así como así, como nace un descuido.

No hubo presagio ni estrella detenida en el firmamento; no se oyó voz alguna que reclamara su advenimiento. Fue, más bien, el leve error de una tarde cualquiera, una distracción en la trama minuciosa del universo. Como si el tiempo, fatigado de su puntualidad infinita, hubiese pestañeado.

Sabemos —o creemos saber— que cada nacimiento es celebrado por la estadística y por el calendario; sin embargo, hay existencias que no parecen inscribirse en ningún designio. No son la respuesta a una plegaria ni la culminación de una saga, sino el resultado de un azar que finge torpeza. Ese azar, que algunos llaman destino para no admitir su ignorancia, obró aquí con la indiferencia de un escribiente que derrama tinta sobre un nombre que no pensaba escribir.

Nació así como así.

Podría decirse que fue una consecuencia biológica, una suma de células obedientes a un mandato ciego. Pero esa explicación —que pretende ser científica y definitiva— no alcanza a explicar el temblor secreto que lo acompañó desde el primer llanto: la sospecha de ser una errata en el libro del mundo. No un héroe trágico ni un villano memorable; apenas una nota al pie que nadie leería.

La tradición nos habla de linajes, de herencias invisibles que modelan el carácter. Él, en cambio, parecía haber heredado la intemperie. Creció con la vaga certidumbre de no estar previsto. Cada gesto suyo era una tentativa de justificarse ante un tribunal inexistente. Como si la vida le exigiera una prueba de legitimidad que jamás podría presentar.

No es raro que quienes se sienten nacidos por descuido busquen con fervor una causa, una misión, un símbolo que los redima. Algunos la hallan en la fe, otros en la violencia, otros en la literatura. Él eligió el silencio. Comprendió que si había sido fruto de un descuido, también podía serlo su desaparición. Esa simetría le pareció consoladora.

Pero hay en todo descuido una paradoja. Lo que parece accidental puede alterar para siempre la arquitectura de lo real. Un paso en falso cambia la ruta; una palabra mal dicha arruina o funda un amor; un nacimiento involuntario modifica generaciones. Tal vez el universo no sea más que la suma de esos errores minúsculos que, acumulados, adquieren la dignidad de un sistema.

Nació así como así, como nace un descuido; y acaso en ese descuido residía su secreto privilegio: no deberle nada a ningún designio, no estar atado a ninguna profecía. Libre, entonces, de la pesada obligación de cumplir un destino, pudo inventarse uno.

Si lo logró, no lo sé. Tal vez todos nosotros —que también hemos nacido sin consulta previa— compartimos esa condición de accidente. Y acaso la única diferencia entre un descuido y un milagro sea la persistencia en el tiempo.

Porque, si algo enseña la experiencia, es que el universo tolera sus errores. A veces, incluso, los necesita.

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