—¡Tú vas a ser el arquero, tú el mago con su varita y yo… el guerrero de la espada! —un niño dice a sus amigos cuál va a ser su papel antes de salir al recreo.

—¿Y yo? —pregunta el otro niño.

—Tú vas a ser el de los platillos, los tocas si necesitamos ayuda —contesta el niño que reparte los personajes.

El otro niño asiente y entra junto a todos los demás con sus babis a cuadros rojos y blancos en el patio. El recinto está cercado por unos altos y viejos muros de ladrillo, nadie desde fuera puede ver lo que allí sucede. El tumulto va aumentando a medida que llegan más alumnos y alumnas del parvulario. Hace mucho frío.

Dos pequeñas se disputan el tobogán, una de ellas estira el uniforme de la otra para hacerla bajar de las escaleras. El otro niño esquiva a sus compañeras. Mientras sigue a sus amigos, una cucharilla cae a sus pies con un tintineo y se agacha a recogerla. Alguien pone la mano sobre su cabeza, éste se sobresalta, contrae los hombros y da un pequeño respingo. La maestra le agradece el favor, agarra la cucharilla de su mano menuda, sigue tomando café y habla con sus compañeras.

—Como me entere de que le pone una mano encima a mi hijo… ¡no respondo! —una de las maestras gesticula haciendo ver que daría un guantazo al culpable, las demás ríen al unísono.

El otro niño deja atrás las risotadas, ha perdido a sus amigos de vista. Mira a los dos lados, no los encuentra. Aprovecha para desenvolver su bocadillo. Pellizca unas miguitas de pan y las arroja en dirección de un gorrión solitario. La pequeña ave aletea velozmente dando saltitos, pero unas palomas de un blanco sucio irrumpen reclamando el botín. Enseguida, un grupo de niños las ahuyenta haciendo aspavientos y se dirigen alegres hacia las porterías para ver quién llega primero. Hace mucho frío.

Dos críos están rugiendo como si fueran fieras. El otro niño se gira bruscamente y comprueba que están lejos. Sigue buscando a sus amigos. Todavía quedan charcos de la lluvia de anteayer, algunos se dedican a saltar sobre ellos. Una maestra les riñe porque se están llenando de barro. Un poco más apartado hay otro charco amarillo que nace discretamente del camal de un pantalón.

Los árboles apenas tienen hojas ya. El sol ha quedado algo cubierto por las nubes. Los críos que rugen se han acercado un poco. El otro niño evita mirarlos, disimula y se fija en el mural de la pared del fondo. Hay pintados unos niños en corro que se cogen de la mano. Hace mucho frío.

El otro niño reconoce la voz de sus amigos, están jugando detrás de un seto. Dirige la marcha hacia ellos. Los críos que rugen ya le han visto y van veloces a interceptarle. Se acercan a la carrera, uno le agarra el babi, el otro trata de empujarle. El bocadillo sale volando por los aires.

Los tres forcejean. El perseguido no grita, pero intenta asir del brazo a un perseguidor para evitar la caída. El pan del almuerzo está ya en el suelo, el otro niño también. Los críos que rugen estiran el pantalón de su presa, dejan sus muslos y pantorrillas desnudas. Hace mucho frío.

Las palomas siguen buscando migas, las maestras sorbiendo el café, los grupos de niños jugando y las nubes apenas se han movido. Tras unos segundos, el otro niño se levanta aturdido. Redirige la marcha y se aproxima a sus amigos.

—¡Argh! ¡Cuidado! Nos ataca el dragón —el niño que reparte los personajes representa una escena—. ¡Corre! ¡Corre! ¡Necesitamos ayuda!

El otro niño estira sus brazos y hace ver que toca unos platillos.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS