El orden invisible del caos

Dicen los astrónomos que las galaxias nacen de explosiones, y que en el corazón de todo cataclismo palpita una arquitectura secreta. El universo no pide permiso para desordenarse: estalla, se retuerce, se expande… y, sin embargo, obedece a leyes que nadie votó y que nadie puede derogar. El caos del cosmos es un artesano silencioso; destruye para fundar, descompone para sembrar estrellas.

Hay, pues, un orden en el caos.

Pero no todo caos es sagrado.

Existe otro, más mezquino y calculado, que no nace de la danza primigenia de los elementos, sino de la codicia cuidadosamente administrada. Es un caos con oficina, con sellos oficiales y discursos inflamados. Un caos que no irrumpe como tormenta, sino que se instala como humedad en las paredes de la casa común, hasta que los habitantes aprenden a respirar moho sin darse cuenta.

Ese desorden no es fértil.

Mientras el huracán arrasa sin distinguir nombres ni apellidos, el caos de ciertas jefaturas tiene puntería. Sabe a quién cansar primero, a quién quebrar después, a quién premiar con migajas para que defienda las cadenas como si fueran joyas heredadas. No le importa el sufrimiento; le interesa la porción más dulce del pastel, esa crema espesa del poder que se come con las manos y se defiende con garras.

Y los pueblos —ah, los pueblos— se vuelven expertos en resistir. Resistir como quien empuja una piedra que siempre regresa cuesta abajo. Resistir como quien sonríe en la fila interminable, como quien guarda silencio en la sobremesa por miedo a que la pared tenga oídos. Resistir hasta enfermar de resistencia.

He visto a hombres y mujeres fatigados no por el trabajo, sino por la incertidumbre; no por el hambre, sino por la humillación repetida. El agotamiento mental se convierte en una llovizna persistente que cala más hondo que cualquier tempestad. Y sin embargo, bajo esa lluvia invisible, algo sigue latiendo.

Porque el caos impuesto no puede borrar del todo el orden íntimo del alma humana.

Hay un equilibrio misterioso que se cuela por las rendijas: en la risa clandestina, en la abuela que cuenta historias como quien guarda semillas para tiempos mejores, en el joven que escribe versos en un cuaderno escolar como si trazara mapas de fuga. Ese orden no está en los decretos, sino en la memoria; no en los palacios, sino en las cocinas donde aún se comparte el último trozo de pan.

Tal vez el verdadero milagro no sea que el universo organice su caos, sino que los seres humanos, aun sometidos al desorden calculado de los poderosos, sigan buscando armonía.

Y acaso llegue un día —porque todo llega, incluso lo que parece eterno— en que el caos artificial se desplome por su propio peso, incapaz de sostener la mentira que lo alimenta. Entonces, como después de una tormenta, quedará el silencio fértil. Y de ese silencio, inevitablemente, brotarán otras formas de gobierno, otras maneras de mirarse a los ojos, otros intentos —siempre imperfectos— de justicia.

El caos cósmico crea estrellas.

El caos humano puede crear ruinas.

Pero también el sufrimiento puede crear conciencia.

Y la conciencia, cuando despierta, es más poderosa que cualquier garra aferrada al pastel del mundo.

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