De la luz y de las sombras.

Dicen los viejos marineros —esos que aprendieron a leer el mundo antes que los libros— que existe una línea donde el día y la noche se dan la mano sin mirarse a los ojos. No aparece en los mapas, porque huye de los cartógrafos, pero a veces se deja ver cuando el mundo respira hondo.

Esa línea no es recta. Late. Se encorva como una espalda cansada y avanza lentamente, arrastrando sombras que aún no saben si dormir o seguir soñando despiertas. Allí el sol no se pone: se arrepiente. Y la noche no llega: se anuncia en susurros.

En ese lugar imposible, los gallos cantan tarde y los búhos bostezan con vergüenza. Los relojes se detienen por pudor, porque el tiempo, enfrentado a la indecisión de la luz, no sabe en qué idioma continuar. Hay pueblos enteros que quedaron atrapados justo sobre esa frontera: casas donde el desayuno huele a cena, ventanas que amanecen con estrellas pegadas al vidrio y niños que envejecen solo medio año por vez.

Se cuenta que una vez un hombre decidió caminar siguiendo esa línea, convencido de que así evitaría la muerte. Caminó décadas sin cumplir años, con la piel suspendida entre la claridad y el miedo. Pero una tarde —o una madrugada, nadie pudo precisarlo— se cansó de no pertenecer ni al sueño ni a la vigilia. Dio un paso fuera de la línea y envejeció de golpe, como si el tiempo, ofendido, le cobrara todos los intereses atrasados.

Desde entonces, la línea se mueve un poco más rápido, como si tuviera vergüenza de ser encontrada. A veces pasa por los corazones: hay personas que viven justo allí, iluminadas por recuerdos y oscurecidas por presentimientos. No son felices ni desdichadas; son crepusculares.

Y cuando el mundo parece dividirse con demasiada certeza entre luz y sombra, esa línea vuelve a mentir, recordándonos que nada empieza del todo, nada termina del todo, y que la verdad —como el día y la noche— siempre ocurre en tránsito.

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