El descanso que nunca llego

El descanso que nunca llego

Paf

10/02/2026

El descanso que nunca llego

Dicen que los hospitales nunca duermen, pero eso es mentira. Los hospitales fingen que duermen, pero en realidad vigilan.

Yo lo supe la tercera noche que pasé en el HIGA.

No era el silencio de un cementerio, era un ruido blanco compuesto por motores de heladeras viejas, el goteo de canillas que nadie cierra y ese zumbido eléctrico de los tubos fluorescentes que te taladra el cráneo.

Estaba ahí, atrapado en la cama 4 del cuarto piso, el accidente en la moto me había dejado el fémur destrozado; mi pierna derecha estaba suspendida por un sistema de poleas y pesas que me hacía sentir como un títere roto. Estar inmóvil en una habitación de hospital te obliga a notar cosas que nadie debería notar. Como las manchas de humedad en el techo que parecen caras, o el olor… ese olor a fenol y desinfectante barato que se te pega a la garganta y no te deja saborear nada más.

Mi única compañía era la soledad y el peso del abandono. En mi mesa de luz solo había un vaso de plástico y una jarra de agua tibia. Ni un mensaje, ni una visita. Para el sistema, yo era un ‘NN’ con suerte. Pero ahí, la suerte es un término relativo.

—Pibe… ¿estás despierto? —La voz de Don Pedro, en la cama de al lado, me sacó de mi letargo.

Tardé en responder. Me quedé mirando el pasillo a través de la puerta entreabierta. Las luces parpadeaban, creando sombras largas que se estiraban y se encogían sobre el piso de granito. Por un segundo, creí ver algo. Una silueta. Era demasiado alta para ser una enfermera y demasiado estática para ser un médico. Se quedó ahí, en el límite entre la luz y la sombra, como si estuviera esperando un permiso que nadie le iba a dar.

Cerré los ojos con fuerza, puteando por los calmantes que me daban por vía intravenosa. ‘Es la morfina’, me dije. ‘Son los nervios’. Pero cuando volví a abrirlos, la temperatura de la habitación había bajado cinco grados y Don Pedro estaba sentado en su cama, mirándome con una lástima que me revolvió el estómago.

—Sí, Don Pedro… estoy despierto —susurré, tratando de ignorar el escalofrío que me recorría la espalda—. Es la pierna, me late como si tuviera un corazón propio ahí adentro. Y esa luz del pasillo… juraría que vi a alguien parado ahí fuera.

Don Pedro soltó una risa seca, que terminó en una tos áspera y profunda.

—No fue la pierna lo que viste, pibe. Y no fue la morfina. Acá, en el cuarto, las sombras tienen nombre y apellido. Pero no les tengas miedo a ellos… tenele miedo al que todavía respira.

Me costó girar el cuello para mirarlo. Don Pedro estaba envuelto en una bata gris, sus ojos eran dos puntos brillantes en la penumbra.

—¿A qué se refiere? —pregunté, bajando aún más la voz, como si las paredes del HIGA tuvieran oídos.

—Hablo de Arzuaga —sentenció él. El nombre flotó en el aire como una sentencia—. El ‘Gran Cirujano’. El tipo que entra a las tres de la mañana con el bisturí listo y la mirada vacía. ¿Sabes por qué hay tantas sombras en este pasillo? Porque son sus cuentas pendientes. Gente que entró por una apendicitis y terminó en una bolsa negra porque el doctor ‘estaba cansado’ o porque quería probar una técnica nueva.

—Eso es una locura, Don Pedro. Es un hospital público, habría registros, juicios…

—¿Registros? —Don Pedro se inclinó hacia mí, y el olor a tabaco viejo mesclado con caramelos de miel y enfermedad me pego en la cara—. En este lugar, un expediente se pierde tan fácil como una vida. Él elige a los que no tienen a nadie. A los que, como vos o como yo, si desaparecemos mañana, nadie va a venir a golpear la puerta de la dirección a preguntar ‘¿dónde está?’.

Me quedé helado. La idea de ser invisible para el mundo, que antes me daba tristeza, ahora me daba terror.

—Hoy me miró de una forma rara —continuó el anciano, su voz ahora era apenas un hilo—. Me dijo que mi cuadro se había ‘complicado’. Que mañana me iban a llevar a un quirófano de planta baja para una limpieza. Pero yo me siento bien, pibe. Mejor que nunca.

Se hizo un silencio pesado. Solo se escuchaba el clic-clic rítmico del goteo de mi suero.

—Si mañana no vuelvo —dijo Don Pedro, clavando su mirada en la mía—, no dejes que te den la ‘especial’ de la noche. Guardá las pastillas abajo de la lengua. Porque si te dormís profundo en este piso… puede que te despiertes en un lugar donde la luz del sol no llega nunca.

Me desperté con el sol pegándome en la cara, pero no era ese sol cálido de la costa que te invita a caminar por la Bristol; era una luz blanca, lavada, que entraba por los ventanales sucios del cuarto piso. Lo primero que hice, casi por instinto, fue girar el cuello hacia la izquierda.

La cama de al lado estaba vacía.

Pero no vacía como si Don Pedro hubiera ido al baño o a hacerse un estudio de rutina. Estaba perfectamente tendida. Las sábanas blancas estaban tirantes, sin una sola arruga, como si nadie hubiera dormido ahí en años. No estaban sus anteojos, no estaba su vaso de agua, no estaba el olor a tabaco viejo. El aire en ese rincón de la habitación se sentía estéril, muerto.

¡Llamé a la enfermera de un grito desesperado —Enfermera! Cuando entró, ni siquiera me miró a los ojos. Estaba anotando algo en una planilla con un desinterés que me dio escalofríos.

—¿Y Don Pedro? —pregunté, y mi voz sonó quebrada, como si no hubiera hablado en siglos. —¿Quién? —respondió ella sin levantar la vista. —El señor de la cama de al lado. Se lo llevaron anoche… dijo que el Dr. Arzuaga lo iba a operar de urgencia.

La enfermera se detuvo. Giró la cabeza lentamente y me clavó una mirada vacía, de esas que solo tienen los que ya vieron demasiada muerte como para que les importe una más. —Pibe, la cama de al lado está vacía desde que te internaron el martes. Ahí no hubo nadie en toda la semana. Estás confundido por la medicación, es normal.

Sentí que el mundo se me venía abajo. No estaba confundido. Yo había sentido el olor de sus caramelos de miel, había escuchado su tos. En ese momento, miré hacia el suelo, cerca de la pata de hierro de la cama vecina, y ahí estaba: un pequeño papel de caramelo, arrugado, brillando bajo la luz del sol. Ella no lo veía. O no quería verlo.

Entendí entonces que Don Pedro no se había ido; lo habían borrado.

El resto del día fue una agonía de paranoia. Cada vez que escuchaba los pasos de Arzuaga en el pasillo, el corazón me zapateaba en las costillas. Sabía que si me quedaba ahí, esperando que mi pierna sanara, el próximo «sujeto de practica» en la mesa de autopsias iba a ser yo. Tenía que moverme.

Esperé a que el turno de la noche se asentara. A eso de las dos de la mañana, cuando los gritos de la guardia de abajo se calmaron y el hospital entró en ese trance hipnótico, decidí bajarme de la cama.

Fue un infierno.

Primero tuve que soltar las pesas. El dolor cuando mi fémur sintió el peso de la gravedad fue un rayo eléctrico que me nubló la vista. Casi grito, pero me mordí el labio hasta que sentí el sabor metálico de la sangre. Puteando por lo bajo, me arrastré hacia el borde del colchón. Mi pierna derecha era un peso muerto, un tronco de carne y metal que no me pertenecía.

Me dejé caer en la silla de ruedas vieja que habían dejado cerca de la puerta. Cada movimiento era una pelea contra el desmayo. Con las gotas de transpiración corriéndome por la frente, empecé a pedalear con la mano izquierda sobre la rueda, impulsándome hacia la salida.

El pasillo del HIGA de noche es otra dimensión. Las luces parpadeaban, y por primera vez, no estaba solo. En las sombras de las puertas abiertas, veía figuras. No me atacaban, solo me miraban. Una mujer joven con una bata manchada de sangre me señaló el hueco del ascensor. Un hombre mayor, con la garganta vendada, me abrió la puerta sin tocar el picaporte.

Eran ellos. Las «cuentas pendientes» de Arzuaga. Me estaban guiando.

Bajé al subsuelo, donde el aire es más denso y huele a humedad y a archivos podridos. El ascensor se abrió con un gemido metálico y me encontré frente a una puerta de madera que decía: ARCHIVOS MÉDICOS – ACCESO RESTRINGIDO.

Sabía que lo que buscaba estaba ahí adentro. Mi historia clínica y la de Don Pedro. La verdad que Arzuaga probablemente pensaba enterrar conmigo.

Empujé la puerta del archivo con las pocas fuerzas que me quedaban. El chirrido del metal oxidado sonó como un grito en el silencio sepulcral del subsuelo. Adentro, el olor a fenol había sido reemplazado por un aroma rancio a papel húmedo y polvo acumulado por décadas.

Las estanterías llegaban hasta el techo, llenas de historias clínicas que parecían lápidas de cartón. Encendí la linterna del celular; la batería marcaba un 15%, una sentencia de muerte digital. Empecé a buscar. Mis dedos temblaban tanto que casi tiro una fila entera de carpetas. ‘A… Arzuaga…’
busqué el código de sus pacientes.

La encontré. Una caja metálica, apartada del resto, con una etiqueta escrita a mano: ‘Casos Críticos – Dr. Arzuaga’.

Cuando abrí la carpeta de Don Pedro, sentí una náusea física. No había reporte de cirugía. No había registro de su ingreso a quirófano. Solo una hoja en blanco con su foto de ingreso y un sello rojo que decía: ‘DESCARTE BIOQUÍMICO’. ¿Qué carajo significaba eso? Don Pedro no era un paciente para ellos, era una cifra en un negocio de órganos o de medicamentos experimentales que yo apenas alcanzaba a comprender.

Busqué mi propio nombre. Mi historia clínica estaba al final de la pila, impecable, nueva. La abrí y el corazón me dio un vuelco. Adjunto a mi ficha médica, había un post-it amarillo con la caligrafía elegante y fría del Doctor:

‘Paciente solitario. Sin reclamos externos. Programar cese de funciones para las 04:00 AM. Causa: Paro cardiorrespiratorio no traumático’.

Miré la hora en el celular: 03:42 AM. Me quedaban menos de veinte minutos de vida según ese post-it amarillo. El miedo me paralizó, pero el hospital tenía otros planes.

Justo cuando iba a intentar girar la silla para salir del archivo, un estruendo metálico sacudió el subsuelo. No fue Arzuaga. Fue una de las estanterías del fondo, cargada con historias clínicas de hace treinta años, que se desplomó sola contra el suelo. El estrépito fue seguido por un silencio absoluto, y luego, por un susurro que parecía venir de las paredes: ‘Corré’.

No pude correr, pero pedaleé con la mano que me quedaba sana como si me fuera la vida en ello. Al llegar al ascensor, las puertas se abrieron antes de que yo apretara el botón. Adentro, el aire estaba tan frío que mi aliento formaba nubes de vapor. No había nadie, pero sentí una presión en el respaldo de la silla, como si alguien estuviera empujándome con suavidad, pero con firmeza.

El ascensor no me llevó al cuarto piso. Se detuvo en el segundo: Dirección Médica y Guardia Central.

Las luces del pasillo empezaron a parpadear con una violencia eléctrica. De repente, las alarmas de incendio empezaron a chillar. Fue un caos total. Médicos de guardia, enfermeros y personal de seguridad salieron corriendo de sus puestos. En medio de esa confusión, la silla de ruedas —impulsada por esa fuerza invisible— me dejó justo en medio del pasillo principal, frente a la Directora de Guardia y dos oficiales de policía que estaban ahí por otro trámite.

—¡Ayuda! —grité con lo último que me quedaba de aire, soltando las carpetas que me había robado del archivo—. ¡Miren esto! ¡Don Pedro no se fue, lo mataron!

En ese momento, vi a Arzuaga aparecer al fondo del pasillo. Venía caminando rápido, con la cara desencajada. Supongo que iba a buscarme para terminar su trabajo, pero se detuvo en seco al verme rodeado de gente y con sus registros privados en la mano.

Lo que pasó después es lo que todavía me despierta por las noches.

Arzuaga no me miraba a mí. Sus ojos, antes fríos y calculadores, se abrieron con un terror que no parecía humano. Empezó a retroceder, manoteando el aire como si estuviera tratando de apartar algo que lo rodeaba.

—¡Basta! ¡Vallanse! —gritó, y su voz rebotó en las paredes de azulejos del HIGA—. ¡Ustedes no pueden estar acá! ¡Don Pedro, volvete a la cama! ¡Soltame la bata, carajo!

Para nosotros, el pasillo estaba vacío. Pero para él, estaba siendo rodeado por una multitud de sombras. Lo vimos luchar contra el aire, caer de rodillas y empezar a llorar mientras se tapaba la cara, gritando nombres de pacientes que nadie recordaba. La directora y los policías se miraron, horrorizados. Era el colapso total de una mente brillante bajo el peso de sus propios pecados.

Pasaron los meses. Mi pierna sanó, aunque todavía rengueo cuando hay mucha humedad en Mar del Plata. El escándalo de las historias clínicas fue masivo; hubo investigaciones y despidos, pero Arzuaga nunca llegó a pisar un juzgado. Los peritos determinaron que había sufrido un brote psicótico agudo e irreversible. Lo declararon inimputable.

Pero yo no podía quedarme con esa versión. Antes de irme de la ciudad para intentar olvidar, sentí que tenía que cerrar el ciclo.

Volví al HIGA, pero no entré por la guardia. Crucé hacia el pabellón de salud mental. Gracias a un conocido que trabajaba en el turno noche, logré llegar hasta el pasillo de las celdas de aislamiento. Me detuve frente a la número 12. La pequeña mirilla de metal estaba abierta.

Me acerqué y miré.

Adentro, el «Gran Cirujano» era apenas una sombra de lo que fue. Estaba ovillado en un rincón, con el guardapolvo percudido y las uñas clavadas en sus propios brazos. Sus ojos, inyectados en sangre, saltaban de un rincón vacío a otro, siguiendo movimientos que solo él percibía. Cuando me vio, se arrastró por el piso hasta la puerta con una velocidad desesperada.

—¡Daniel! ¡Sos vos, Daniel! —su voz era un graznido roto—. Ayudame, por favor… deciles que se vayan. Deciles que me dejen en paz un segundo… solo un segundo de silencio te pido.

Se pegó a la mirilla y pude oler su miedo, un olor agrio que le ganaba al de los medicamentos. Miró por encima de mi hombro, aterrorizado, como si detrás de mí hubiera una multitud esperando para entrar a su celda.

—Están en todos lados —sollozó, tapándose los oídos—. Don Pedro no para de contarme sus caramelos… la mujer de la bata azul me susurra los nombres de todos los que no pude «salvar»… ¡Hace que se callen!

Me quedé frío. No sentí lástima, solo una paz profunda y helada. Me acerqué a la ranura y le hablé en un susurro, para que solo él y sus fantasmas me escucharan.

—No se van a ir, Doctor. Usted fue el que les arrebató su futuro. Usted fue el que les robó su paz. ¿Ahora les pide silencio?

Arzuaga empezó a arañar la puerta, suplicando, mientras las sombras en los rincones de su celda parecían volverse más densas, más reales, cerrándose sobre él.

—Ellos no buscan justicia, Arzuaga —le dije antes de darme vuelta—. Solo vienen a reclamar el tiempo que usted les robó. Ahora su tiempo les pertenece a ellos.

Caminé por el pasillo escuchando sus gritos apagándose detrás de las paredes acolchadas. Salí a la calle y respiré el aire frío del puerto, sintiendo por primera vez que la carga en mi espalda desaparecía.

Arzuaga se quedaba en su propia guardia perpetua, en un lugar donde la luz nunca es suficiente para espantar los recuerdos. Ahora él era el único que entendía el verdadero peso de esas palabras… Porque para el Dr. Arzuaga, el descanso nunca iba a llegar.

Fin

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