Dicen que el ser humano es un animal de costumbre, pero a mí me parece que somos, más bien, animales de la resignación. La gente se acostumbra a vivir en el simulacro cotidiano de estar rodeado de lo que no funciona, caminan entre escombros invisibles como si nada, pero yo me niego a aceptarlo. Me sale una úlcera. Esto no es un cuento como los otros, de esos que terminan con una nostalgia linda. Esto es el descargo de alguien que ya no entiende para qué carajo están algunas cosas si nadie se va a dignar a que cumplan su función.
El otro día, por ejemplo, bajé al subte. La escalera mecánica, esa mole de hierro que debería ahorrarnos el calvario de las rodillas, estaba ahí, quieta. Es un monumento al sedentarismo forzado. Los escalones están, los pasamanos están, pero no se mueven. Son una sugerencia decorativa. Entonces uno sube a pie, resoplando, mirando de reojo ese mecanismo muerto, sintiendo que la modernidad es algo que nos pasó por al lado y no nos saludó.
Tren Sarmiento. Llegué al andén de Padua, donde hay unos monitores LED flamantes, colgados del techo como si estuviéramos en la estación de Shinjuku en Tokio (salvando las distancias). Deberían decirnos, con precisión suiza, cuántos minutos faltan para que el próximo tren nos saque de ahí, pero no, la pantalla está negra, o peor, tiene un cartelito que dice «sin señal».
El tiempo en Argentina no se mide en minutos, se mide en fe. Uno se asoma a la vía, estira el cuello como una tortuga y espera verlo venir a lo lejos. El cartel está, la tecnología se compró, el cableado se hizo, pero el dato, que es lo único que importa, no existe.
Cuando por fin llega el tren, te subís a una unidad «nueva» pero bajás la vista y el piso es un yacimiento arqueológico de pelusas, envoltorios de alfajores y una mugre pegajosa que parece haber echado raíces. A esos vagones nunca les pasaron una escoba, llegaron limpios de China y hace 10 años que no ven una escoba o un poco de lavandina. El subte es igual: un despliegue de acero inoxidable cubierto por una pátina de hollín y desidia que ya es parte del ADN del transporte.
Y ni hablemos de las necesidades básicas. Si te urge ir al baño en la estación, te encontrás con la sentencia de muerte: «Fuera de Servicio». No es que el baño no esté; el baño está ahí, detrás de una puerta cerrada con candado. Es un baño platónico. Existe en la idea, pero no en la práctica. Llevan más tiempo clausurados que habilitados, y así siguen.
Pero no es solo eso. Si caminás por el Microcentro y levantás la vista, la derrota es total. Los edificios antiguos, esos que nos hacían creer que éramos la París del sur, tienen relojes majestuosos empotrados en sus fachadas. Pasás por uno y son las tres y cuarto. Caminás cien metros, mirás otro y son las ocho y veinte. Un tercero directamente no tiene agujas, como si el tiempo se hubiera cansado de intentar transcurrir en esta ciudad.
Buenos Aires es una ciudad llena de relojes que no dan la hora, pero que te miran con la soberbia de lo que alguna vez funcionó. Y NO LA VIVISTE, NO ES TU ÉPOCA
Al final del día, te das cuenta de que nuestra decadencia no es la ausencia de cosas, sino su cáscara. No somos un país pobre que no tiene; somos un país que tiene, pero que se olvidó para qué servían las cosas.
Vivimos rodeados de objetos que renunciaron a su función. Tenemos pantallas que no informan, escaleras que no suben, baños que no reciben a nadie y relojes que no marcan el paso del tiempo. Es el reino de lo que está pero no es. Es la escenografía de un país que se compró el decorado de la modernidad, pero se olvidó de pagar la cuenta de mantenimiento, dejándonos a nosotros, los pasajeros, caminando por la vía entre lo que soñamos ser y lo que nos dejamos convertir.
OPINIONES Y COMENTARIOS