Caminas a toda prisa por el pasillo del piso diez. El pulso se te acelera al notar que todas las rejas están abiertas de par en par; un rastro de cerraduras violentadas y puertas entornadas que parece invitarte a pasar. No hay gritos, ni música, ni disparos. Nada. Solo un silencio sepulcral y antinatural que devora el ruido habitual de la zona, asfixiándote.
Al entrar en tu casa, el estómago se te contrae: la mesa está servida para dos y el café aún humea… pero vives completamente solo desde hace años.
De pronto, un crujido seco bajo la cama hace que se te hiele la sangre. Te agachas, temblando, y el corazón se te detiene al encontrarte a ti mismo. Te estás mirando desde la oscuridad con los ojos desorbitados por el terror, suplicando en un hilo de voz:
—No hagas ruido…
—Él ya sabe que te diste cuenta —te dice tu propio rostro, justo un segundo antes de que la luz del pasillo se apague por completo.
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