El Hombre que no quiso ser Alejandro
En un suburbio de Londres, o tal vez en una calle de Buenos Aires que ya no existe, vivió un hombre llamado Nicanor Cruz. A diferencia de sus antepasados, que se desangraron en guerras civiles, Nicanor poseía el don de la indiferencia absoluta.
El Incidente de la Carta
En el otoño de 1914, Nicanor recibió una carta sellada en Berlín. El documento contenía instrucciones precisas para infiltrarse en la embajada británica y sustraer un mapa que determinaría el despliegue de las tropas en el Marne. Era, por así decirlo, el eje sobre el cual giraría el siglo XX.
Nicanor leyó el encabezado, sintió el peso del destino sobre sus hombros y decidió que la tarde era demasiado hermosa para interrumpirla con una conspiración. Dejó la carta sobre una mesa de caoba.
El primer olvido: La carta sirvió de posavasos para un jarabe de ginebra.
La segunda omisión: Nicanor nunca acudió a la cita en el muelle.
La consecuencia: Los servicios de inteligencia alemanes, asumiendo que su agente había sido capturado, abortaron una operación que habría ganado la guerra en tres meses.
La Historia Inexistente
Debido a la pereza de Cruz, el mundo que conocemos —con sus mapas actuales y sus cicatrices— persistió. Si Nicanor hubiera tenido la energía de levantarse de su sillón, hoy hablaríamos otro idioma o viviríamos en un imperio que solo existe en sus sueños de siesta.
La historia universal, ese caos de voluntades, fue derrotada por la simple falta de voluntad de un solo hombre. Nicanor Cruz murió décadas después, ignorando que su mayor logro fue, precisamente, no haber hecho nada.
«El destino suele ser el nombre que le damos a nuestra falta de imaginación para estar quietos».
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