Algo que decir

Ahora mismo me siento tranquilo y tengo algo que decir. Tengo, tenía, tuve… ¿O acaso será tendré? Pero más adelante regresaremos a ello. Quise saludar al joven que estaba en la puerta, dentro del restaurante de comida rápida al que había jurado nunca entrar. Tenía una mirada ida, un tanto triste, mientras secaba el piso, abanicando con el letrero amarillo de piso mojado; supongo que mi saludo le habría sido de su agrado. Pero apresuré el paso a mis hijos, porque veníamos de comprar helados en un local que estaba justo al lado. Acostumbrado a que te nieguen la entrada cuando llevas comida de fuera, me sentía ya comprometido también por usar su estacionamiento; y es que solo por eso entré a este consorcio de comidas rápidas.

Subimos a la planta alta y los grandes ventanales me dejaron ver las luces de la ciudad. No sé por qué me hacía sentir bien. Y aunque he estado toda mi vida en una metrópoli, francamente no recuerdo haber experimentado este brillo de la noche como se mira en las películas: calles alertas que a veces sirven de refugio en el anonimato de lo público, tan expuesto y, a la vez, protegido por la indiferencia mundana. 

Mi culpa llegó al punto de obligarme a comprar esas desagradables mini hamburguesas. El  cajero, más exhausto aún y con la voz apagada, me dijo que solo aceptaban pago en efectivo. Recordé entonces que alguna vez trabajé de joven en una cocina y me divertía, experiencia que también me llevó, con los años, a dejar de comer en lugares donde te sirven adolescentes mal pagados. Yo no conocía entonces más que la alegría del compañerismo que se forja en el sufrimiento de salir adelante, en un camino sin señalamientos de en construcción, donde los años no eran cortos sino infinitos: ambivalentes unos días, intransigentes otros.

Pagué con un billete grande y quería decirle algo. Quiero, quise, quizás… ¿Tal vez él tenga algo que decir? 

Ahora hay filósofos que quieren decir algo y solo dicen que más adelante regresarán a ello. Si tan solo se pudiera regresar, si tan solo se pudiera adelantar.

Estoy tranquilo, pero cansado. Hace unos días tuvimos que entregar la casa porque apareció una renta inesperada y la mudanza me dejó las manos doloridas. Además de pintarla, tallé el piso fuerte y rápido para borrar las salpicaduras. Mis hijos insistían en ayudarme a pintar y confié en que no mancharían tanto.

Al subir con mi bandeja, una señora estaba sentada justo del otro lado de mi mesa; ella, del lado desde donde podía ver a sus hijos jugar, y yo, del lado del contacto donde enchufar mi computador. Imaginé que ambos fuéramos padres solteros y que ella me sonriera.

¿Existe romanticismo en el hecho de tener hijos a cargo? Tal vez en la responsabilidad de alimentarlos, de cuidarlos.

Mi mesa la miraba de frente y su hija me observaba fijamente. Ella buscaba hacer contacto con mi hijo mayor para jugar. Preadolescentes ambos, ya eran un poco grandes para entrar al área de juegos, pero la presencia de mis otros dos hijos menores lo justificó; dejaron el pudor adulto y los cuatro terminaron jugando a las escondidas.

Su esposo llegó después y ella sonrió. Yo noté entonces que el contacto no funcionaba y observé que había otro frente a mí, a dos mesas de ellos.

Frente a mí tenía la bandeja llena de comida y sin pensarlo, había comprado dos combos, uno para mis hijos y otro para llevar a mi esposa. Aunque solo pedí la hamburguesa, el cajero me preguntó si quería agregar los demás complementos, y terminé aceptando. De vuelta en mi mesa, me sentí libre de robarle comida a mis hijos; al final de cuentas, ya habían comido helado y me tranquilizaba que no ingirieran más comida chatarra.

Los bocados eran tan pequeños que me sentí tentado a probar la hamburguesa de mi esposa, pero solo tomé su bebida. Era un vaso sin tapa; no había manera de llevarlo hasta la casa. Entonces me invadió una extraña libertad de tomar, de estar, y me di cuenta de que también buscaba justificarla.

Finalmente, los niños regresaron de jugar y le pedí al menor que conectara la laptop en el otro contacto. Aunque le indiqué que buscara la mesa más apartada a la derecha, él se instaló sin dudarlo en la que estaba pegada a la pareja. Me pregunté por qué un adulto prefiere guardar distancia. La inocencia ignora barreras y encuentra su espejo en quien tiene enfrente.

Noté que el señor me volteó a ver. Estaba de cara a ellos, así que me giré un poco para evitar la sensación de estar observándolos. Poco después, me tomé una selfie de manera discreta, para que no pareciera que los estaba grabando. Atrás de mí se veía una línea resplandeciente. Era un ciclo interminable de carros, en una noche estrellada por nuestro brillo de responsabilidades.

Un hombre pequeño entró ofreciendo algo. Yo suelo evitar esos encuentros para no verme obligado a dar dinero frente a mis hijos. Nadie le compró y me lo encontré después, camino al baño. El amable extraño vendía barras de chocolate: ocho por cien pesos. Como era una ganga, saqué el billete y, en el momento, me dijo que me daría otros dos. Me entregó el puñado que llevaba en la mano derecha; conté a simple vista seis barras y le dije que con eso era suficiente.

La niña me miraba con tantas barras y le sonreí. Creo que ella tiene algo que decir. Creerá, creí, crecer… ¿Es condenable lo que creo que debería ser?

Me pregunté por qué su padre no le habría comprado alguno. Después pensé que podrían ser robadas. ¿Estaría incentivando el robo? Recordé las películas en VHS que rentábamos, cuando aparecía un letrero del FBI advirtiendo que pasarías años en la cárcel por piratería, y yo juzgaba a mi padre.

En ocasiones reconforta ese engaño moralino de creer que uno hace lo correcto. Ese padre, por ejemplo, pudo haberse sentido bien al no comprarle nada a su hija; incluso pensar que le había enseñado una lección. También cómodo al no tener que gastar más dinero.

Supongo que de eso se trata la moral: de decidir qué es y qué deja de ser.

Miraba a la madura pareja aún riendo. Yo me reiría mejor con la mía.

Tenía algo que decir. ¿Ella, él, yo?

Engañé a mi esposa, sabiendo que me engaña. ¿Cuánto debe durar la autocomplacencia por un acto de orgullo, de ira, de fe? Tengo que descubrir si ella me engañó por haberla engañado.

Nos quedamos con palabras como lealtad, responsabilidad, dignidad, apariencia, incluso amor; en la práctica, la violencia se asoma detrás de esa pared transparente. ¿Será la violencia la que necesita desahogo? ¿Cómo saberlo? Me reconforto diciéndome que somos seres influenciados, sin determinación.

Tengo que volver en veinte minutos a casa y mi helado se ha derretido.

Tuve algo que decir y no lo dije.

Sé que tendré que hacerlo algún día; entre tanto, me doy cuenta de que eran cinco barras y no seis, y eso me hace sentir mejor.

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