La filosofía en auxilio del pensamiento

La filosofía en auxilio del pensamiento

Hay mañanas —o crepúsculos, según el cansancio del alma— en que uno quisiera sentarse con la cabeza entre las manos, los pies sobre una estera que cruje como si guardara memorias de antiguos ascetas, y preguntarse por qué ciertas reglas sociales, invisibles como los dioses menores, pero igual de implacables, nos aplastan.

En esa soledad que no es silencio, sino un rumor de siglos, podría brotar una frase que parece recién nacida y, sin embargo, viene viajando desde muy lejos:

“No son los tiranos los que hacen a los esclavos, sino estos quienes hacen a los tiranos”.

Dicha así, parece un relámpago. Pero es un relámpago con genealogía.

Porque ya en el siglo XVI, Étienne de La Boétie —ese joven que hablaba como si hubiera vivido mil años— escribió en su Discurso de la servidumbre voluntaria que los tiranos no son grandes sino porque nosotros estamos de rodillas.

Y al decirlo, no describía un fenómeno político, sino un misterio antropológico:

El modo en que los hombres, por costumbre, miedo o simple inercia, entregan su fuerza a quien no la tiene.

Esa idea, como un río subterráneo que reaparece en distintos manantiales, vuelve en Rousseau cuando desconfía de la obediencia ciega; en Hannah Arendt cuando descubre que los totalitarismos se sostienen menos por la violencia que por la colaboración cotidiana; en Camus cuando denuncia la complicidad pasiva frente al absurdo; en Simone Weil cuando examina la sumisión como un hábito del espíritu, casi una liturgia equivocada.

Pero la frase —“No son los tiranos los que hacen a los esclavos, sino estos quienes hacen a los tiranos”.— posee un filo particular:

Invierte la causalidad, y con ello convoca a la responsabilidad moral, esa que los poderes temen más que a las rebeliones.

No absuelve al tirano, pero revela la tragedia colectiva:

El tirano se alimenta del miedo aceptado, del silencio repetido, de la obediencia que se vuelve costumbre como la humedad en las paredes coloniales.

En estas tierras nuestras —donde la historia no avanza, sino que gira como un tambor ceremonial— sabemos bien que ningún déspota se sostiene solo con pícaros.

Los pícaros son pocos, como decía Félix Varela.

La verdadera argamasa del poder es otra: los muchos que dejan de pensar, los muchos que se acostumbran, los muchos que bajan la cabeza porque creen que así el cielo pesa menos.

Y sin embargo, en el fondo de esta reflexión late algo maravilloso:

La certeza de que, si los hombres pueden fabricar tiranos, también pueden deshacerlos.

Porque lo que nace del consentimiento puede morir con el despertar.

Y lo que se sostiene en la costumbre puede derrumbarse con un solo acto de lucidez.

Así, la filosofía —esa vieja artesana que sopla brasas bajo la ceniza— vuelve a auxilio del pensamiento.

No para consolarnos, sino para recordarnos que la libertad no es un don, sino un hábito que hay que ejercitar como quien afina un instrumento ancestral.

Y que, en última instancia, ningún poder es más fuerte que la multitud que decide ponerse de pie.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS