Como la vida, tiene un principio y tiene un final, aunque a veces se haga la distraída y finja continuidad. Empieza con un gesto mínimo —una mirada que se repite, una frase mal dicha— y termina casi siempre sin ceremonia, cuando ya no queda nadie que recuerde exactamente por qué empezó. Entre esos dos puntos se acumulan hábitos, silencios, pequeñas traiciones aceptables, pactos no firmados.
Creemos que el amor dura; en realidad, dura el intento. El cuerpo cambia, la voz cambia, la forma de nombrar al otro también. Lo que llamamos “para siempre” es apenas una forma educada de no decir “hasta que no podamos más”. Y aun así insistimos, como si el final fuera una falta moral y no una condición natural.
Tal vez una pareja no esté hecha para durar, sino para existir un tiempo justo, el necesario para que dos personas se modifiquen entre sí y luego sigan —juntas o separadas— cargando esa alteración como una marca discreta. Como la vida: breve, intensa a ratos, y siempre incompleta.
OPINIONES Y COMENTARIOS