El Tribunal del Tiempo abre sesión.
Entra una mujer joven.
No trae maldad, ni soberbia, ni orgullo.
Trae cansancio.
Un cansancio suave, casi invisible,
el tipo de agotamiento que solo conocen quienes
sostuvieron mundos que no les pertenecían.
El Tiempo la observa con ternura profunda.
Hay personas que nunca llegan aquí por haber hecho daño,
sino por haberse olvidado de sí mismas.
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I. Recepción de Testigos
El primer testigo es un chat lleno de mensajes de voz, algunos de minutos eternos.
—Ella siempre escuchaba —declara el chat—. A las 2, 3, 4 de la mañana. Aunque estuviera cansada, contestaba: “decime, aquí estoy”.
El segundo testigo es su propio teléfono, con la pantalla agrietada.
—Sé todos los secretos de todos —dice—. Menos los de ella. Ella siempre pregunta… pero nunca cuenta cómo está.
El tercer testigo es una taza de café frío, casi sin sabor.
—Ella me preparaba antes de salir a ayudar a alguien más —susurra—. Siempre tenía una urgencia ajena antes que un descanso propio.
El cuarto testigo es un calendario manchado, con días llenos… pero ninguno reservado para ella.
—Lo anotó todo —declara el calendario—: favores, acompañamientos, cumpleaños ajenos, urgencias de otros. Pero jamás escribió su nombre.
El último testigo es un abrazo que nunca pidió, una presencia vacía.
—Todos la abrazaron —dice el abrazo—. Pero nadie preguntó si ella necesitaba uno.
La mujer traga saliva.
No por vergüenza,
sino porque por primera vez
alguien la está mirando a ella.
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II. Examen de los Hechos
El Tiempo despliega la cinta.
Se ven:
• conversaciones donde ella siempre escucha y nunca habla
• crisis ajenas que ella resolvió mientras la propia seguía enterrada
• noches sin dormir contestando mensajes
• favores que aceptó aunque no podía
• su propia tristeza disfrazada de fortaleza
• su nombre siempre al final de su lista
• su vida convertida en sostén, no en hogar
Ella intenta decir algo:
—Yo solo quería ayudar…
El Tiempo responde:
—Ayudar no te obliga a desaparecer.
La cinta muestra algo más profundo:
Ella llorando en silencio en el baño
después de calmar a otro por teléfono.
Ella diciendo “todo bien”
cuando no lo estaba.
Ella sintiendo culpa
cuando intentaba decir “no”.
Ella siendo fuerte
porque no sabía cómo ser frágil.
El Tiempo la mira con una mezcla de tristeza y respeto.
—No fuiste amiga.
Fuiste refugio…
y nadie te devolvió techo.
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III. Sentencia
La sala se vuelve más cálida.
El Tiempo dicta:
—No te culpo por amar.
Te culpo por amar tanto que te olvidaste de vos.
La mujer baja la mirada.
—Tu condena será esta —continúa el juez—:
poner límites sin pedir perdón.
Deberás aprender a recibir.
A decir “no puedo”.
A priorizarte sin sentir culpa.
A pedir un abrazo… aunque te dé miedo.
A decir la verdad cuando te pregunten cómo estás.
La sentencia final cae como un alivio:
—Quien sostiene a todos… merece ser sostenida.
El reloj marca 03:17,
la hora en que las personas que acompañaron a todos
empiezan, por fin, a acompañarse a sí mismas.
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