Juan despertó una mañana con la certeza incómoda de que no estaba solo dentro de su cuerpo. No era una metáfora —o no al principio—, sino una evidencia física, casi burocrática, como descubrir que en el contrato de arrendamiento del alma figuraban dos inquilinos no declarados.

A la derecha, puntual como una campana de iglesia, vivía el ángel. No tenía alas visibles: las había doblado hacia dentro por pudor o por cansancio. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, sus palabras dejaban una claridad semejante a la que queda tras barrer una habitación. A la izquierda, en cambio, se acomodaba el demonio, de sonrisa ladeada y mirada ingeniosa, siempre dispuesto a sugerir atajos. No gritaba ni blasfemaba; prefería razonar. Tenía modales impecables y una cortesía peligrosa.

Ambos se llevaban bien. Se saludaban cada mañana como viejos funcionarios de un ministerio eterno. A veces compartían silencios, otras discutían con una elegancia casi académica. El demonio admiraba la obstinación moral del ángel; el ángel respetaba la inteligencia afilada del demonio. Y Juan, en medio, era el territorio donde se libraban esas batallas domésticas que nadie ve, pero que deciden el curso de los días.

Cuando Juan deseaba algo oscuro —una pequeña traición, una mentira mínima, una venganza discreta—, el demonio sonreía y abría la posibilidad como quien abre una ventana. El ángel, sin embargo, no cerraba la ventana: ponía una planta, suavizaba el aire, recordaba consecuencias. Así, el mal nunca era puro, ni el bien del todo ingenuo. Era un equilibrio delicado, un Yin y yang con pulso humano.

Durante años, ese sistema funcionó. Juan fue un hombre común, de errores perdonables y virtudes modestas. Nadie sospechó que en su espalda se inclinaban dos sombras opuestas decidiendo el peso de cada paso. Tal vez por eso, cuando anunció que entraría en política, nadie vio el temblor que recorrió el eje invisible de su cuerpo.

La política —esto lo dijo el demonio con una amabilidad casi paternal— no es más que el arte de convertir deseos en discursos. El ángel guardó silencio, como si de pronto hubiera envejecido varios siglos.

Al principio, nada cambió. Juan hablaba de justicia, de futuro, de pueblo. El ángel aún lograba intervenir, limando excesos, recordando promesas. Pero el demonio aprendió pronto una nueva estrategia: no negar el bien, sino administrarlo. Convertirlo en moneda. Dosificarlo. Venderlo.

Las discusiones internas se volvieron más largas, más técnicas. El demonio traía estadísticas; el ángel, nombres propios. El demonio hablaba de estabilidad; el ángel, de dignidad. Y Juan, agotado, empezó a escuchar más al que ofrecía soluciones rápidas, aunque olieran a hierro.

Una noche —nadie supo cuándo, ni cómo— ocurrió el combate final. No fue épico. No hubo truenos ni gritos. El demonio simplemente dejó de discutir. Se acercó al ángel y, con una ternura casi fraternal, le explicó que ya no era necesario. Que el mundo había cambiado. Que la compasión no ganaba elecciones.

El ángel intentó responder, pero descubrió que su voz ya no atravesaba la piel de Juan. Fue desplazado hacia un rincón estrecho, como un mueble antiguo que estorba. No murió: fue archivado.

Desde entonces, algo se torció en el aire del país. Las calles amanecían con un cansancio inexplicable. Las palabras perdieron peso. El miedo se volvió administrativo. Los ángeles —no solo el de Juan, sino los de muchos— empezaron a desaparecer de los cuerpos, expulsados por una lógica eficiente y despiadada.

El pueblo sufría sin comprender del todo la causa, como se sufre una fiebre larga. Y, mientras tanto, el demonio, ya sin oposición, gobernaba con una serenidad impecable.

Lo que todo empezó como un juego serio, de esos que se toman demasiado en serio y acaban jugando con nosotros. Desde aquel día, llovieron decretos durante meses enteros, y ya nadie volvió a ver un ángel cruzar la plaza mayor.

El juicio ya se había celebrado, la sentencia estaba firmada, y Juan —como todos— la había aceptado mucho antes de saber de qué se le acusaba.

Así comenzó la era de los demonios. No con un grito, sino con un acuerdo razonable.

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