LECTURA DE CAMINO

Una noche, mientras descansaba tras un día ajetreado, yacía en mi lecho: los músculos inmóviles, los párpados cerrados. Una cobija de lana templaba mi regazo. Dormía el sueño profundo de aquel que solloza en silencio, cuando, en esa hora contraria y nocturna, el paso del tiempo, la ignorancia y las malas decisiones, adormecieron mi mano y desperté; al sentir el latido insistente y constante del órgano izquierdo, dueño de emociones y sensaciones.

Fue un despertar abrupto, cargado de miedo. Sentí que los días se me escapaban, que moría lentamente. La mente me agobiaba, me desesperaba, al percibir una exhalación de emoción contraria a la vida. “Moriré”, pensé; era lo más seguro. El miedo se apoderó de mí. Los latidos del corazón se aceleraron aún más y creí entender, por primera vez, qué era morir, qué era fallecer.
¿Adónde iremos? ¿Adónde vamos? ¿Acaso desaparecemos?

Ese pensamiento profundo me atravesó, y en ese preciso instante, una luz de esperanza se abrió paso. Recordé las palabras de un preceptor que decía: “Nada se pierde, todo se transforma”.
Mi esencia —esa que temía perder de golpe— volvería a circular en el universo. No sabía de qué forma ni hacia dónde me llevaría. Tal vez a conocer los rincones más recónditos del cosmos, esos recovecos que este cuerpo mortal no puede visitar. O quizá, si mis cenizas no fueran arrastradas por el viento hacia el espacio sideral, caerían en lo profundo de la tierra, alimentando los micelios de árboles y plantas milenarios, hasta alcanzar el núcleo mismo del planeta.

¿Dónde caerían mi esencia y mis pensamientos, sino en un baúl sin fondo ni recuerdo? Eso que nos hace individuos, en un universo donde todo existe, donde nada desaparece, donde todo se transforma.
Si todo se transforma y nada se desvanece, esas palabras aquietaron mi alma y mi ser. Ya no sentí miedo de morir. Mi corazón volvió a latir con calma, regresando a su estado natural, como si el cuerpo comprendiera, por fin, la razón misma de su existencia.

Todos cambiamos de forma. Solo que las múltiples maneras de transformarse no conservan memoria. ¡Cuán grande sería la pena de un ser si recordara su existencia anterior! Si antes fue planeta o estrella y luego despertara como un simple ser mortal.
¿Acaso la Tierra misma no podría, algún día, transformarse también en una existencia minúscula y efímera.

Dios.
¿Dónde descansas, si no existe lugar que te limite?
¿Dónde moras, si todo espacio te pertenece?
Eres el mar que no tiene orillas,
el desierto que desnuda al ser,
y la vastedad del universo
donde el tiempo aprende a callar.

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