Dos son compañía; tres son multitud

Hay fórmulas que se repiten con la obstinación de una verdad probada. Dos son compañía; tres son multitud es una de ellas: sentencia doméstica, advertencia discreta, ley no escrita de las mesas chicas y de los afectos frágiles. Nadie recuerda quién la dijo primero, lo cual suele ser una señal de que es falsa o, peor, de que funciona.

Dos instauran un mundo. No necesariamente armónico, pero sí legible. En el dos hay espejo, réplica, tensión. El diálogo —esa forma civilizada del combate— exige pares. Aun el amor, que se proclama infinito, necesita limitarse a dos para no volverse abstracto. Dos permite la ilusión de exclusividad, ese acuerdo tácito según el cual el universo puede reducirse sin consecuencias.

El tercero introduce la sospecha. No agrega: desordena. No completa: desplaza. Frente al par, el tercero no ocupa un lugar, sino que lo pone en duda. ¿Es testigo, intruso, árbitro, amenaza? Toda tríada inaugura una geometría inestable. El triángulo, a diferencia de la línea, ya no señala: encierra. Y lo que encierra, tarde o temprano, exige una salida.

La multitud comienza con el tercero porque a partir de ahí la cuenta se vuelve innecesaria. Tres ya no es número sino categoría. Es el momento en que la intimidad se vuelve escena, el secreto se vuelve versión, la conversación se vuelve relato. Donde hay tres, hay posibilidad de relato; y donde hay relato, hay traición, aunque sea involuntaria.

Sin embargo, la desconfianza hacia el tercero es una superstición cómoda. Le atribuimos el caos para no admitir que el desorden estaba ya en los dos. El tercero no rompe: revela. No corrompe la compañía; la somete a prueba. Si el vínculo era sólido, sobrevive; si no, agradece tener a quién culpar.

Tal vez la frase no sea una advertencia sino una coartada. Decimos tres son multitud para proteger la ficción de que dos bastan, de que el mundo puede mantenerse pequeño, de que nadie más es necesario. Pero el mundo insiste en ser plural. Y a veces, solo a veces, la multitud empieza incluso antes del tercero: empieza en el pensamiento de que alguien más podría entrar.

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