(La mente divaga, como un río que serpentea a través de un paisaje conocido, pero siempre cambiante…)

Dos. Siempre pensé que era el número perfecto. Como en un vals, ¿sabes? Dos personas, entrelazadas, moviéndose al unísono, creando una melodía que solo ellos pueden oír. Éramos nosotros, ¿recuerdas? Tú y yo. Risas compartidas bajo la lluvia, secretos susurrados al oído, promesas grabadas en la arena antes de que la marea las borrara. Dos. Un universo contenido, completo en sí mismo.

Pero entonces… apareció un tercero.

(Una sombra fugaz cruza el río de la mente, oscureciendo brevemente el paisaje…)

Tres. Un número impar, desequilibrado. Como una mesa con una pata rota, siempre cojeando, siempre inestable. De repente, el vals se convirtió en un tropiezo, la melodía en una cacofonía. Ya no éramos tú y yo contra el mundo, sino nosotros contra él… o peor aún, nosotros contra nosotros mismos.

¿Por qué tuvo que pasar? ¿Por qué esa necesidad humana de complicar lo simple, de añadir una nota discordante a la armonía? ¿Acaso no éramos suficientes? ¿Acaso nuestro universo necesitaba expandirse, aunque eso significara perder su esencia?

(El río se bifurca, creando dos caminos distintos…)

Ahora, miro hacia atrás y me pregunto si el problema no era el tres en sí, sino la incapacidad de convertirlo en algo más que una multitud. ¿Podríamos haber redefinido la geometría, transformando el triángulo en una nueva forma, una nueva danza? Tal vez sí, tal vez no.

Pero lo que sé con certeza es que, en algún punto del camino, perdimos la melodía. Y en el silencio que siguió, solo quedó el eco de lo que pudo haber sido… y la amarga constatación de que, a veces, dos no es suficiente, pero tres… definitivamente, es demasiado.

(El río desemboca en un mar de incertidumbre, donde las olas rompen con fuerza contra la costa del olvido…)

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