Veo un cuerpo, lejos, muy lejos de su hogar.

Estaba derrotado, entre niebla y en la orilla

de lo que parecía, alguna vez, fue un lago.

Un lago infinito como el centro de la oscuridad.

El olor que emanaba era horrible,

penetrante y aturdidor.

Jamás olvidaré ese aroma, una fragancia arrogante.

Al dar un par de pasos, me planté frente a él,

era el desperdicio restante de un falso hombre.

Pero, al observar detenidamente, me paralicé,

medité por varios minutos y entendí.

Entendí que aquel cuerpo eran mis sueños negados,

mis deseos calcinados por las inseguridades.

Aquellas bellas fantasías y deseos olvidados.

Luces fugaces que no contaron con mi fe.

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