Tu sonrisa cayó en el agua,
con el entusiasmo de la cera.
Parecía una barca repleta de palomas blancas.
La seguí serio y triste, o serio y solo.
Sus gestos vacíos parecían ondas perfectas,
mientras el pañuelo blanco, que mostrabas siempre,
para que no supieran, lo triste que estabas,
pegado a tus labios, detrás de su seda,
sencillamente, te ahogaba.
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