El Universo, Biblioteca Infinita.

El universo, esa vasta biblioteca sin bibliotecario, se revela no como una extensión infinita, sino como una colección de infinitas bibliotecas, cada una conteniendo todos los libros posibles. No es la expansión caótica de la materia, sino la ordenada disposición de símbolos, un lenguaje cifrado que aguarda ser descifrado.

Uno se pierde no en la inmensidad del espacio, sino en la minúscula partícula, en el átomo que es a la vez universo y espejo. Cada estrella es una letra, cada galaxia una frase, cada constelación un poema que se escribe y se reescribe en un ciclo eterno de creación y destrucción.

Mi universo no es el del astrónomo, sino el del teólogo, que busca en las estrellas la firma de un demiurgo, la prueba de un plan divino que se revela en la simetría de las órbitas y en la armonía de las esferas. Es el universo del cabalista, que ve en cada número un arcano, en cada letra un universo en miniatura.

En esa biblioteca infinita, el tiempo se pliega sobre sí mismo, se convierte en un círculo que se repite sin cesar. El Big Bang no es un origen, sino un eterno retorno, una explosión que se reproduce en cada instante, en cada pensamiento, en cada sueño.

El universo, al final, no es un enigma a resolver, sino un laberinto en el que perderse. Un juego de espejos que nos devuelve nuestra propia imagen multiplicada hasta el infinito. Y tal vez, solo tal vez, en esa búsqueda incesante, encontremos la clave que nos revele el secreto de nuestra propia existencia.

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