Las sábanas me ahogan mientras miro la pared. Respiro sin calma.
El calor de esta noche encapsula un silencio sombrío, casi como el recuerdo de otra noche, como tantas otras.
Él duerme junto a mí. A veces creo que finge hacerlo: se duerme apenas apoya la cabeza en la almohada blanca que lo espera cada noche. Yo no logro ese milagro. Llevo días con insomnio.
La habitación, iluminada sólo por mi lámpara de noche, me acompaña. No puedo dormir sin luz. En ésto estoy sola. La noche me envuelve, pero no como quisiera; es una suerte de enemiga. El sueño no llega.
Mis pies rozan incómodamente las sábanas; me desesperan. Me destapo un poco para sentirme más liviana.
Veo las sombras del techo, la puerta entreabierta y, detrás, sólo oscuridad.
No sé qué hago en esta cama. A veces me pregunto cómo llegué hasta aquí.
¿Ésto es todo? ¿Dormir junto a alguien todas las noches hasta que ya no haya otra cosa?
¿Ésto es todo?
Todos esos textos, todos esos cánticos, las oraciones en el colegio durante el mes de María… ¿para llegar aquí?
Estar acostada junto a otro que parece lejano, distinto, que no me conoce del todo, y tenderme a su lado por los años, viendo cómo se duerme.
Miro el techo y hablo con Dios.
¿Ésto es? ¿Debo seguir este camino elegido para mí?
Siempre lo será. No importa qué decisión tome la próxima vez: me traerá a esta misma cama, con esta misma espalda dormida.
Ésta soy yo: la mujer que duerme al lado de él.
La mujer que, antes de conciliar el sueño, se cuestiona todo y nada.
Sola durante la vigilia, escuchando los sonidos que envuelven la noche: gatos afuera, gente a lo lejos, risas, tal vez llantos. Sonidos de calles casi vacías.
Mi noche pasa sin estrellas ni luna para contemplar el cielo.
La noche sólo me observa. No la siento cercana. No siento nada, salvo este estar acostada durante horas en una cama insípida, inerte, callada; refugio de un día más que no trae nada inesperado ni glorioso. Ya no.
El sueño comienza a llegar, lento, aletargado.
Un sonido metálico, lejano, se mezcla torpemente.
Ya nada más. Los pensamientos se detienen.
Entraré en esa capa que nos cubre a todos por igual una vez más. Me dejo arrastrar por el peso del sueño que mece mis ojos con docilidad.
Las sábanas ya no pesan. Mi cuerpo comienza a comulgar con este espacio creado para el descanso nocturno.
Miro por última vez su espalda inerte junto a mí. Siento una soledad honda a su lado.
Sólo queda esperar a que mi cabeza se apague.
Cierro los ojos. Dios, te nombro una vez más, casi en susurros: ¿ésto es todo?
Padre, protégeme y méceme mientras caigo en esta noche, hasta llegar a tus brazos, colmados del amor que prometieron ellos y que no vendrá mañana, ni a tiempo, a las venideras noches blancas.
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