Habita en mí una brújula moral que conozco de memoria, un mapa del bien y del mal que me ha guiado desde la infancia. Durante años me aferré a la creencia de la fidelidad como un dogma sagrado, pero hoy me pregunto: ¿a quién le guardo lealtad? No se puede construir un futuro siendo devota de la nostalgia, de esa niña que fui y que hoy solo habita en el ayer, mientras el presente se desangra en un bucle de supervivencia. Yesica, desde hoy cambia.
Vamos al grano: la ruina no es solo el vacío en los bolsillos, es la agonía de estar atrapada en una repetición mecánica. Trabajar, sobrevivir y volver a empezar, un ciclo donde el esfuerzo no se traduce en avance y donde las deudas son sombras que nunca dejan de acechar. Lo más peligroso no es la falta de recursos, sino haber empezado a creer que la riqueza es un privilegio ajeno; aceptar que nací sin las cartas correctas, sin los contactos o sin la suerte necesaria. Mientras me convencía de mi propia derrota, otros, que partieron de abismos más profundos, construyeron imperios. La diferencia es una verdad que quema: la fortuna no se encuentra, se arrebata. No es una bendición divina ni un azar del destino, es el resultado de decisiones brutales que la mayoría no está dispuesta a tomar. Si esto incomoda, es porque aún sigo jugando bajo las reglas de los que pierden.
Me enseñaron que ser buena era suficiente y que el universo recompensaba la nobleza. Mentiras. Me quito los lentes rosados para entender que el universo no tiene agenda moral, solo distingue entre quienes actúan y quienes observan. El poder, aunque nos enseñen a temerle, es el único idioma que la libertad entiende. Sin dinero no hay libertad, sin libertad no hay control, y sin control, solo somos piezas en el tablero de alguien más. He sentido miedo de ser despiadada, ese temor que me inyectaron para mantenerme pequeña, pero he comprendido que la compasión no levanta castillos; la ambición sí. No necesito que me amen, necesito que me respeten, y en el mundo real el respeto nace del resultado, nunca de la intención. Nadie recuerda el sudor de quien termina con las manos vacías.
Los que llegaron a la cima no fueron necesariamente justos, fueron impecables. Estudiaron las grietas del juego, identificaron las debilidades y las explotaron sin piedad. Mientras el mundo se pregunta si algo está bien o mal, ellos ya han tomado la decisión y caminan tres pasos adelante. A partir de hoy, la desesperación deja de ser mi sombra. La imagen no es vanidad, es estrategia, y nadie invierte en un barco que parece estarse hundiendo. El error más grande fue pensar que necesitaba dinero para hacer dinero; lo que siempre necesité fue el coraje de ser astuta. El juego ha cambiado porque yo he decidido, finalmente, entender sus reglas.
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