Mientras una multitud de gente sigue el estricto camino de la sexualidad basada en el físico y los genitales, yo camino entre ellos preguntándome si es eso lo correcto, lo moral, el deber, la obligación, la ley.
Durante años, desde muy niña, he sabido lo cruel que puede llegar a ser la gente por salirte de las normas escritas por una heterosexualidad que no acepta.
Jamás hablé de esto con nadie, no por miedo a las represalias, sino por confusión. Aún recuerdo cuando, con 9 años, llegué a un nuevo cole. Al cabo de un tiempo, ciertas niñas empezaron a extender el rumor de que me gustaban las niñas, cosa que yo negué. Creo que no por vergüenza, sino porque no sabía qué era eso.
En mi casa jamás se habló de otros escenarios posibles que no fueran hombre y mujer, ya que cualquier caso distinto sería pintado como algo aborrecible.
Así es como yo crecí sin saber que las mujeres también formaban parte de mi identidad sexual.
Años después, empiezo a descubrir el placer sexual que me generaban las mujeres. No me sentí mal por ello; al contrario, abracé a mi niña interior, pero claramente no salí del armario. En mi casa, ese pecado no era permitido.
Salí del armario con gente cercana a mí, pero lejana a mi hogar. Y lo cierto es que mi sexualidad fue el último paso de liberación que dí cuando me alejé por completo de aquella doctrina cristiana que, por tantos años, me enseñó a odiar y a odiarme.
Pero ya hace un tiempo surge en mí una nueva incógnita: ¿por qué los demás son capaces de sentir atracción física en un primer instante, mientras yo no? Es como si una barrera me separara, una barrera que solo se levanta cuando logro conectar en alma con esa persona, en pensamiento, en un universo que se crea alrededor nuestro. Un universo que choca con fuerza, rompiendo los elementos de los que se compone, formando anillos donde los restos de lo que fuimos algún día flotan juntos y bailan alrededor de un planeta aún inexistente.
Es entonces cuando soy capaz de sentir algo. Y aunque he de reconocer que, en diversas ocasiones, he roto esa barrera por pura lujuria, el mismo destino hace que sea incapaz de sentir el placer tan grande al que puedo llegar. Es mi mismo universo quien forma un agujero negro, el cual se come la capacidad del otro de poder complacerme.
Y, en muchas ocasiones, me pregunto: ¿es la fuerte corriente de la vanidad sexual lo que me arrastra?
He de confesar que, cuando he logrado conectar en pensamiento y alma, soy capaz de amar con más intensidad, sentir placer con más fuerza y luchar con más resiliencia.
Aún sigo sin entender cuál es la diferencia entre una persona bisexual y pansexual. Me identifico como bisexual para poder relacionarme con la manada de animales humanificados que se dejan llevar por el grosor de la carne.
Los genitales importan, creo, pero creo que a mí no.
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