Zverev y Djokovic salvaron el Australian Open

Zverev y Djokovic salvaron el Australian Open

Uno perdió. El otro, contra todo pronóstico —o quizá no tanto—, ganó.
Más allá del resultado, este día nos regaló algo que parecía perdido: una pequeña probadita de lo que fue el tenis durante la primera y segunda década de los 2000. Un deporte con un top 10 de lujo. Competitivo. Físico. Mental. Incómodo. Un tenis donde nadie entraba a la cancha con la derrota escrita.

Hoy, con dos anomalías como Carlos Alcaraz y Jannik Sinner, ese espacio simplemente no existe.
Este primer Grand Slam parecía confirmar un futuro de guiones previsibles: resultados cantados, partidos planos y una final que todos daban por sentada desde el sorteo. Y así fue el camino. Quienes se cruzaron con el número uno y el número dos no tuvieron margen real. Cada ronda fue, salvo excepciones mínimas, frustrante, repetitiva, casi soporífera. No hay fuerza humana ni talento suficiente —al menos hoy— para enfrentar a dos jugadores que están claramente fuera de la norma estadística y biológica del circuito.

Durante los últimos años, desde la irrupción de esta nueva camada de “fuera de regla”, se ensayaron nombres, se inflaron expectativas, se buscaron rivales naturales. El resultado es contundente: ninguno estuvo a la altura de manera sostenida.

Por eso digo que este viernes de semifinales, Novak Djokovic y Alexander Zverev le devolvieron emoción, tensión y narrativa a un torneo que, de otro modo, hubiera sido un disco rayado sin sobresaltos.

De Djokovic no hay demasiado nuevo que agregar. Lo incomprensible es que todavía haya que defenderlo.
Si buscan un héroe dócil, un oso cariñoso o una figura diseñada para gustar, hay series, biografías inspiracionales o deportes más amables con sensibilidades delicadas. Lo que estamos presenciando es el último tramo del más grande. A los 38 años, sigue derrotando a jugadores que representan el futuro físico del tenis. Sí, tuvo un camino con abandonos. Sí, el contexto ayudó. Pero incluso así, hoy volvió a demostrar que no existe nadie comparable. Hablar de él exige el mismo espacio que ocupa su carrera: desmesurado.

¿Y Sasha? Bien por él. Muy bien.
Probablemente el único de la generación post–Big Three que, de verdad, respondió a las expectativas que se le colgaron encima. Jugó uno de los partidos de su vida: golpes limpios, velocidad sostenida, una concentración que pocas veces se le vio durante tanto tiempo. Pero no alcanzó.

Y ahí está el patrón del último año.
Jugadores que deben jugar al 200% esperando que Sinner o Alcaraz no lleguen ni al 100. Tenistas con herramientas técnicas para incomodarlos, pero sin el respaldo físico o mental para sostenerlo cinco sets. Durante gran parte del quinto set, el alemán estuvo quiebre arriba y, aun así, transmitía la sensación de estar perdiendo. Las piernas no respondían, el cuerpo se rigidizaba, la energía se diluía.

Del otro lado, el español —puño en alto, piernas livianas— corría como si recién empezara un tercer set. Se alimentaba del público, lo convocaba, lo usaba como combustible. En el 5–4 abajo, salió fortalecido. El otro, cabizbajo.
Ahí está la diferencia. No en el talento nato, sino en el cuerpo, la cabeza, el aura.

No tengo demasiada esperanza para la final. Haría falta un milagro. Y pensar en dos milagros en cuatro días roza lo imposible.

Nos esperan un par de años así. Con finales repetidas en los torneos grandes. Con rondas previas que dejan gusto a poco. Con un top 10–20 desdibujado y dos tiranos que solo encuentran verdadera competencia entre ellos.
Lo de hoy fue excepcional. Dudo que se repita con continuidad.

Mientras tanto, sigo esperando una nueva camada —y no, ya descarté a Shelton, Fonseca y Tien— que rompa el equilibrio y le devuelva picante a un deporte que, aun así, sigue siendo fascinante.

PD: Los partidos entre Sinner y Alcaraz pertenecen a otra dimensión. Su final de Roland Garros fue una obra maestra del tenis moderno. Lo único que pido no es menos grandeza, sino más competencia real alrededor de ella.

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