Capítulo 1: El Pequeño Sol
La casa de los Bukky siempre olía a jazmín y a papel viejo. A sus seis años, Kage no era un niño común, y todos en el vecindario lo sabían. No era solo que pudiera resolver ecuaciones de secundaria mientras desayunaba, o que hubiera aprendido a tocar el violín en apenas tres meses; era la perfección con la que hacía cada pequeño movimiento.
—¡Mira, mamá! —Kage estaba en el jardín, parado sobre una sola mano en el borde de una fuente de piedra, manteniendo un equilibrio que desafiaba la gravedad.
Su madre, una mujer de sonrisa cálida llamada Hana, dejó la regadera y aplaudió con suavidad.
—Eres un prodigio, mi pequeño Kage. Pero ten cuidado, no quiero que tu padre llegue y te encuentre con un raspón en la rodilla.
Kage bajó de un salto, aterrizando sin hacer un solo ruido, como un gato.
—Papá dice que mi cuerpo es un templo de precisión —dijo el niño, repitiendo las palabras que su padre solía decirle con orgullo—. Él dice que para mi séptimo cumpleaños me tiene una sorpresa especial. ¿Iremos al parque de diversiones?
Hana se quedó callada un segundo, una sombra fugaz cruzó sus ojos antes de volver a sonreír.
—Tu padre trabaja en cosas muy importantes para el Gobierno, Kage. Si él dice que es una sorpresa, será algo que cambiará tu vida para siempre.
La última noche de inocencia
Esa noche, el padre de Kage, el Dr. Aris Bukky, llegó tarde como de costumbre. Llevaba un maletín de cuero negro y un aire de triunfo que Kage nunca había visto. Cenaron en familia, y Aris no dejó de observar a su hijo, no como un padre mira a un niño, sino como un escultor mira un bloque de mármol perfecto.
—Mañana cumples siete años, Kage —dijo Aris, poniendo una mano pesada sobre el hombro del niño—. Mañana dejarás de ser un niño para convertirte en el futuro de esta nación. ¿Estás listo para ayudarme en el laboratorio?
Kage, con los ojos brillando de emoción por pasar tiempo con su héroe, asintió con entusiasmo.
—¡Sí, papá! Quiero ver dónde haces tu magia.
Aris sonrió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos.
—No es magia, hijo. Es ciencia. Y tú eres mi mejor experimento.
Capítulo 2: El Regalo de las Sombras
El sol del amanecer entraba por la ventana de Kage, pero él ya estaba vestido. Llevaba su camiseta favorita y una sonrisa de oreja a oreja. Siete años. Para él, esa era la edad en la que los niños finalmente se volvían «hombres», como decía su padre.
Hana, su madre, le preparó su desayuno favorito, pero sus manos temblaban ligeramente al entregarle el plato.
—Prométeme que pase lo que pase hoy, recordarás cuánto te amo —le susurró mientras le daba un beso en la frente.
Kage, en su inocencia de prodigio, solo pensó que ella estaba siendo sentimental. —Claro, mamá. ¡Volveré pronto para el pastel!
La Instalación 0-G
El viaje en el auto fue silencioso. El Dr. Aris Bukky conducía con la vista fija en la carretera, mientras Kage miraba por la ventana cómo los edificios residenciales se convertían en muros de concreto gris y alambre de espino. Pasaron tres controles de seguridad. Soldados armados saludaban a su padre con rigidez.
—¿Aquí es donde trabajas, papá? Es muy… serio —dijo Kage, sintiendo un pequeño escalofrío por primera vez.
—Es un lugar donde se eliminan las debilidades, Kage —respondió Aris sin mirarlo.
Entraron en una sala blanca, impecable, que olía a ozono y a desinfectante. En el centro, una silla metálica con correas de cuero esperaba bajo una luz cegadora.
—Siéntate, hijo. Es parte del procedimiento de seguridad —dijo el padre.
Kage obedeció. El metal estaba frío contra sus piernas. Cuando las correas se cerraron alrededor de sus muñecas y tobillos, el corazón del niño empezó a acelerarse.
—Papá, esto me da miedo. ¿Dónde está el regalo?
Aris Bukky se alejó hacia una consola de cristal, dándole la espalda.
—El regalo es el poder, Kage. El regalo es que nunca volverás a ser una víctima.
El Despertar
—Iniciando secuencia de infusión de Materia Oscura —anunció una voz mecánica.
Unos tubos gruesos conectados a la silla se llenaron de un líquido negro que parecía moverse con vida propia. Kage vio cómo unas agujas hidráulicas se acercaban a su cuello.
—¡Papá! ¡Papá, sácame de aquí! ¡Duele! —gritó el niño, luchando contra las correas. Su fuerza de prodigio hizo que el metal crujiera, pero no fue suficiente.
Las agujas penetraron.
El grito de Kage se escuchó en toda la base. No era solo dolor físico; era como si miles de agujas de hielo estuvieran cosiendo su alma. De repente, las luces de la habitación estallaron. Las sombras de las esquinas cobraron vida propia, estirándose hacia él como garras.
La Primera Sombra
En el paroxismo del dolor, Kage vio algo que nadie más vio. En la esquina de la sala, un pequeño ratón de laboratorio había muerto por la onda de choque eléctrica. El alma del animal, un pequeño rastro de luz blanca, flotaba confundida.
Sin saber cómo, Kage extendió su voluntad. Sintió un tirón en el pecho. Las Cadenas Oscuras, delgadas como hilos, brotaron de sus dedos y atraparon el alma del pequeño animal.
—¿Qué es esto? —pensó Kage, mientras el dolor se transformaba en una frialdad absoluta.
En la pantalla del laboratorio, las constantes vitales de Kage se estabilizaron. Su padre, observando desde el monitor, tenía los ojos brillantes de locura científica.
—Lo logramos. Ha absorbido la esencia sin colapsar. Miren sus puños… las sombras lo protegen.
Kage bajó la cabeza. Su flequillo cubría sus ojos, pero por debajo, un aura negra empezaba a envolver sus manos. El Boxeo de Sombras se manifestaba por primera vez, no como un arte marcial, sino como un mecanismo de defensa contra el mundo que lo acababa de traicionar.
Había dejado de ser un niño. Ahora era el Sujeto 01.
Capítulo 3: El Huérfano de la Luz
El tiempo dejó de medirse en días y empezó a medirse en ciclos de dolor.
Para un niño de siete años, el mundo debería ser enorme y lleno de colores. Para mí, el mundo se redujo a una celda de tres por tres metros, con paredes de aleación reforzada que retenían el calor de las sombras que ahora vivían en mi piel.
—Sujeto 01, reporte de estado —decía la voz de mi padre a través del intercomunicador. Ya no me llamaba Kage. Ya no era su hijo.
El Dolor de las Sombras
Los experimentos no eran solo inyecciones. Eran pruebas de resistencia. Me metían en cámaras de vacío para ver si mis sombras podían generar oxígeno (no podían, solo me asfixiaba mientras las sombras arañaban mis pulmones por dentro). Me quemaban la piel con láseres de alta potencia para observar cómo el Boxeo de Sombras reaccionaba ante el daño extremo.
Lo peor no era el dolor físico. Era el «hambre».
Las sombras que mi padre había metido en mi torrente sanguíneo eran como parásitos. Gritaban. No con voces, sino con sensaciones de vacío. Sentía que me desvanecía, que mi cuerpo se volvía humo, a menos que… a menos que «alimentara» la conexión.
—No quiero hacerlo, papá —suplicaba yo frente a una jaula llena de perros callejeros—. Por favor, déjame ir a casa con mamá.
—La debilidad es un tumor, Kage. Extírpalo —era su única respuesta.
Entonces, me daban descargas eléctricas hasta que mi instinto de supervivencia tomaba el control. Mis manos se envolvían en esa oscuridad densa y, casi sin querer, mis Cadenas Oscuras salían disparadas. Ver el hilo de alma de un ser vivo siendo arrastrado hacia mi pecho, sintiendo cómo su miedo se convertía en mi fuerza… eso me hacía llorar todas las noches.
El Trato de «Objeto»
En ese laboratorio, los científicos no me miraban a los ojos. Miraban los monitores. Yo era una ecuación que debía ser resuelta.
- Si lloraba, aumentaban la dosis de sedantes.
- Si me negaba a comer, me alimentaban por sonda mientras me obligaban a ver videos de tácticas de asesinato.
- Si preguntaba por mi madre, el guardia me golpeaba con una vara electrificada.
Aprendí que el silencio era mi única defensa. Aprendí a odiar la luz blanca de los tubos fluorescentes, porque en esa luz no había sombras donde esconder mi alma.
—Míralo —escuché decir a un general un día tras el cristal—. Es perfecto. Un prodigio que puede cargar con mil muertes y seguir caminando.
En ese momento, a los ocho años, una parte de mí murió. La parte que esperaba que alguien viniera a salvarme. Miré mi reflejo en el cristal blindado: mis ojos ya no tenían el brillo de aquel niño que tocaba el violín. Eran dos pozos negros.
“Si quieren un monstruo”, pensé mientras apretaba mis puños envueltos en sombras, “les daré el monstruo más perfecto que jamás hayan imaginado. Pero no será para ellos.”
Capítulo 4: El Filo de la Oscuridad
A los diez años, mi cuerpo ya no parecía el de un niño. Estaba cubierto de cicatrices, pero mis músculos tenían la dureza del acero gracias al entrenamiento inhumano de los instructores militares. Ya no usaba guantes; mis manos estaban permanentemente teñidas de un tono grisáceo por la energía que emanaba de ellas.
—Hoy no habrá maniquíes, 01 —dijo el Coronel Vane, un hombre cuya sola presencia olía a pólvora y desprecio—. Hoy probarás tu valía contra la Unidad de Élite «Colmillo».
Me metieron en «La Arena», un coliseo subterráneo de concreto. Frente a mí, doce hombres armados con porras eléctricas y escudos de choque. No querían matarme, querían ver hasta dónde podía llegar antes de romperme.
El Frenesí
El combate empezó como una danza violenta. Usé mi Boxeo de Sombras, moviéndome tan rápido que para ellos yo solo era una mancha borrosa. Cada golpe que asestaba llevaba el peso de mi odio. Rompí huesos, destrocé escudos, pero eran demasiados.
Uno de ellos logró conectarme una descarga en la base del cráneo. El mundo dio vueltas. El dolor activó el mecanismo de defensa que mi padre había implantado. Las Cadenas Oscuras brotaron de mi espalda como tentáculos, azotando todo a mi alrededor, pero mi energía se estaba agotando. Estaba acorralado.
—¿Eso es todo? —gritó mi padre desde el palco de observación—. ¡Eres una decepción, Kage! ¡Si no puedes matarlos, no mereces vivir!
El Nacimiento de la Katana Sombría
Algo dentro de mí se rompió. No fue un hueso, fue mi paciencia. Sentí cómo las almas de los animales y los pocos criminales que me habían obligado a absorber hasta entonces empezaron a vibrar en mi pecho.
«Denme algo… denme un arma para cortarlo todo» —rogué en mi mente.
Toda la oscuridad que cubría mis manos empezó a fluir hacia mi palma derecha. Se condensó, se volvió sólida, vibrando con una frecuencia que hacía que el aire chillara. De repente, el mundo se apagó.
—¿Qué…? No veo nada —susurré.
La ceguera fue instantánea. Pero en lugar de oscuridad, empecé a «sentir». Sentía el calor de la sangre de mis enemigos, el flujo de sus nervios, el miedo que emanaban. En mi mano, la Katana Sombría se había manifestado: una hoja de oscuridad absoluta, sin peso pero capaz de cortar la realidad misma.
El Silencio
No hubo gritos, solo el sonido del metal cortando el aire. Me moví por puro instinto, siendo más rápido, más ágil y más fuerte de lo que cualquier humano debería ser. En menos de diez segundos, el silencio reinó en La Arena.
Cuando deshice la espada, mi vista regresó lentamente. Los doce hombres de la unidad «Colmillo» estaban en el suelo. No estaban muertos, pero sus sombras habían sido «cortadas». Estaban vacíos, como cáscaras sin alma.
Miré hacia el palco. Mi padre estaba de pie, con una sonrisa de triunfo que me dio más asco que el propio dolor.
—¡Perfecto! —exclamó—. La ceguera es un efecto secundario aceptable para tal nivel de letalidad. Lo llamaremos el «Estado de Ejecutor».
Me quedé allí, en medio de la carnicería, mirando mis manos temblorosas. Había descubierto cómo ser invencible, pero el precio era no poder ver el horror que estaba causando. En ese momento lo supe: esa espada algún día encontraría el cuello de mi padre.
Capítulo 5: El Sacrificio de la Luz
Habían pasado quince años desde aquel cumpleaños maldito. A mis veintidós, yo era una leyenda urbana dentro de las filas del ejército. Me llamaban «El Segador de Sombras». Había acumulado más de mil almas en mi interior; mil voces que susurraban en mi cabeza cada vez que cerraba los ojos.
Ya no sentía el dolor de los experimentos. Mi cuerpo era una máquina fría de artes marciales y energía oscura. Pero mantenía un secreto, una pequeña llama que me impedía volverme loco: las cartas que mi madre me enviaba en secreto, y las breves visitas que el Gobierno permitía para mantenerme «motivado».
La Trampa
—Sujeto 01, tienes un objetivo de alta prioridad —dijo el General Vance en la sala de reuniones—. Una célula rebelde ha robado información clasificada. Se esconden en una casa de seguridad en las afueras. Tu orden es simple: Eliminación total. Sin testigos.
Me puse mi máscara de combate y partí bajo la lluvia. Mi Boxeo de Sombras me permitía correr por las paredes, saltando entre los edificios como una mancha de tinta en la noche. Llegué a la ubicación. Mi corazón, endurecido por años de guerra, latía con una calma aterradora.
Entré por la ventana, rompiendo el cristal. Mis Cadenas Oscuras salieron disparadas, atrapando a los dos guardias de la entrada antes de que pudieran gritar. Los absorbí sin dudar. Dos sombras más para mi colección. 1002.
La Cara del Horror
Llegué a la habitación principal. Había una figura de espaldas, sentada en una silla, frente a un escritorio lleno de papeles. No se movía. No parecía un soldado.
—Tu tiempo se acabó —dije con una voz que ya no sonaba como la de un hombre, sino como el eco de mil espíritus.
Invoqué la Katana Sombría. El mundo se volvió negro para mis ojos, pero mi sentido extrasensorial se agudizó al máximo. Podía «ver» el pulso de la persona frente a mí. Era un pulso rápido, asustadizo… y extrañamente familiar.
Lancé el corte. La hoja de sombra atravesó la silla y el pecho del objetivo con la facilidad de un suspiro.
La espada se disolvió. Mi vista regresó.
—¿…Kage? —susurró una voz débil.
El mundo se detuvo. En el suelo, desplomada, no estaba una espía rebelde. Era Hana. Mi madre.
Su sangre manchaba el suelo, el mismo rojo que el de las miles de víctimas que yo había cobrado. En su mano no tenía documentos robados, sino una foto mía de cuando tenía seis años, la última foto donde yo sonreía.
El Quiebre Final
Escuché una risa a través del altavoz de la habitación. Era la voz de mi padre.
—Felicidades, Kage. El último vínculo ha sido cortado. Ahora ya no tienes nada que te ate a este mundo inferior. Ahora eres, por fin, mío.
Caí de rodillas. El dolor que sentí en ese momento no se comparaba con ninguna tortura de laboratorio. El grito que salió de mi garganta fue tan potente que las sombras de toda la ciudad vibraron.
No dejé que su alma se fuera. No podía. Con mis manos temblorosas y bañadas en su sangre, usé mis cadenas por última vez esa noche. Pero no la encadené como a una herramienta.
—No te dejaré en este lugar oscuro, mamá —susurré, mientras sus ojos se cerraban—. Te quedarás conmigo. Verás cómo quemo todo este imperio de cenizas.
En ese momento, las 1000 sombras en mi interior dejaron de susurrar y empezaron a rugir conmigo. Mi padre creía que me había vuelto invencible al quitarme mi humanidad, pero lo que realmente había hecho era darle una razón al monstruo para dejar de obedecer.
Capítulo 6: El Despertar del Monstruo
El aire en la habitación se volvió pesado, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por plomo líquido. Kage-Bukky permanecía de rodillas, con la cabeza gacha, mientras el cuerpo de su madre se desvanecía entre sus brazos en un flujo de partículas oscuras.
—¡Sujeto 01! ¡Responda! —la voz del Dr. Aris Bukky tronaba por los altavoces, mezclando la orden militar con una nota de ansiedad científica—. ¡La prueba ha terminado! ¡Contenga sus niveles de energía o activaremos el protocolo de purga!
Kage levantó la vista. No había rastro del niño que amaba los pasteles de cumpleaños. Sus pupilas se habían dilatado hasta cubrir todo el iris, convirtiendo sus ojos en pozos de obsidiana.
—Ya no hay nada que purgar, «padre» —su voz salió distorsionada, como si miles de personas hablaran al unísono—. Solo queda la deuda. Y voy a cobrarla.
La base vibró. No fue un terremoto, fue la presión de las 3000 sombras queriendo salir al mismo tiempo. Las luces de los pasillos estallaron una a una, sumiendo la instalación en una negrura total. Los soldados de la unidad de élite, equipados con visión nocturna, solo pudieron ver cómo las sombras de las paredes se despegaban y cobraban volumen. Manos negras y esqueléticas surgían del suelo, atrapando los tobillos de los guardias y arrastrándolos hacia el concreto como si fuera agua.
Kage caminó por el pasillo central. Cada paso que daba agrietaba el suelo. Un escuadrón le cerró el paso y abrió fuego. Las balas simplemente se detenían a centímetros de su cuerpo, suspendidas por el Boxeo de Sombras que generaba un campo de inercia absoluta. Con un movimiento fluido, Kage lanzó sus Cadenas Oscuras. No las usó para atrapar, sino como látigos que cortaron el acero de los rifles y las armaduras de los hombres como si fueran mantequilla.
Al llegar a la salida, se encontró frente al muro exterior de diez metros de altura. Detrás de él, la base era un cementerio de gritos. Kage saltó, y mientras estaba en el aire, una explosión de energía sombría brotó de su espalda, impulsándolo hacia el bosque como un cometa oscuro. El experimento había terminado; la pesadilla del gobierno acababa de empezar.
Capítulo 7: El Santuario de la Nada
Durante tres años, el mundo creyó que Kage-Bukky se había desintegrado por la inestabilidad de su propio poder. Pero en las profundidades de la Cordillera Prohibida, el joven prodigio estaba reconstruyendo su propia existencia.
La narración de su entrenamiento es la crónica de una tortura autoimpuesta. Kage no buscaba solo fuerza; buscaba la armonía entre su carne y las 3000 conciencias que lo habitaban. Se sentaba inmóvil bajo cascadas de agua congelada durante días, no para fortalecer su cuerpo, sino para silenciar las voces de los espíritus que exigían sangre.
El gran avance ocurrió cuando dejó de intentar «ver». Durante los combates de práctica contra proyecciones de su propia sombra, Kage se dio cuenta de que la ceguera de su Katana Sombría no era un error de diseño de su padre, sino una puerta. Una puerta hacia una percepción mayor.
Una noche, rodeado por un círculo de almas que él mismo había liberado, Kage unió sus manos. El poder que solía ser errático y violento se volvió sereno. Al expandir su voluntad, el espacio a su alrededor empezó a doblarse. Los árboles, las rocas y el aire mismo perdieron su color, volviéndose parte de una dimensión de bolsillo.
—Manifestación del Santuario Prohibido: Oscuridad Eterna —susurró.
En ese instante, Kage alcanzó la iluminación del vacío. Ya no necesitaba que la luz rebotara en los objetos para saber dónde estaban. Dentro de su Santuario, él sentía la vibración de cada átomo. Podía sentir el latido de un pájaro a tres kilómetros de distancia. Se había convertido en el soberano de un reino donde la luz no tenía permiso para entrar. Su madre, el alma más pura que residía en él, se convirtió en el eje de este santuario, dándole la estabilidad mental para no perderse en la locura.
Capítulo 8: El Retorno y la Lista Negra
A los 25 años, Kage-Bukky regresó a la civilización, pero no como un ciudadano, sino como un fantasma técnico. Se instaló en los suburbios de la capital, en una guarida subterránea llena de servidores robados que rastreaban las comunicaciones del Ministerio de Defensa.
Su apariencia era la de un ángel caído. Su cabello, blanco como la cal, caía sobre un rostro que no conocía la piedad. Había comenzado su venganza seis meses atrás, y la «Lista Negra» ya tenía varios nombres tachados con métodos que habían aterrorizado a la cúpula militar.
Las primeras víctimas:
- El Capitán Hanz: El instructor que le quemaba la piel con láseres. Kage lo encontró en su casa de verano. No usó su katana. Usó el Boxeo de Sombras para golpearlo durante tres horas a una velocidad tal que los huesos de Hanz se pulverizaron sin que su piel llegara a romperse. Lo dejó vivo, atrapado en un cuerpo que era una bolsa de arena, incapaz de moverse por el resto de su vida.
- El Dr. Miller: El cirujano que le instaló los puertos de infusión sin anestesia. Miller fue encontrado en su oficina. Kage lo envolvió en sus Cadenas Oscuras y lo obligó a absorber, una por una, las pesadillas de las 3000 almas que Miller había ayudado a encarcelar en el cuerpo de Kage. El doctor murió de un infarto cerebral causado por el terror absoluto; su rostro quedó congelado en un grito eterno.
Ahora, Kage observa el siguiente objetivo: el General Vance.
Vance fue quien dio la orden directa de ejecutar a Hana. Kage aprieta los puños, y las sombras de su habitación empiezan a bullir. Vance no tendrá una muerte rápida. Kage planea desplegar su Santuario Prohibido en medio de la gala militar de esta noche, para que todos vean cómo el arma que crearon se convierte en su verdugo.
—Vance —dijo Kage, ajustando su katana en su espalda—. Esta noche vas a conocer el lugar donde no existe el perdón.
Capítulo 9: Una Danza en el Vacío
El Hotel Imperial brillaba bajo las luces de neón de la capital. Dentro, la élite militar celebraba el aniversario del Proyecto Soldado Perfecto. Medallas de oro, champán caro y risas hipócritas llenaban el gran salón. En el centro de todo, el General Vance, con su uniforme impecable y una cicatriz en el ojo que recordaba su brutalidad, brindaba con los políticos.
Nadie notó que las luces del salón parpadearon una sola vez. Nadie notó que las sombras de los invitados, en lugar de seguir sus movimientos, se quedaron estáticas en el suelo.
La Infiltración
Kage-Bukky entró por la puerta principal. No necesitó esconderse. Caminaba con una elegancia gélida, vistiendo un abrigo largo negro que parecía absorber la luz de las lámparas de cristal. Los guardias de la entrada cayeron al suelo antes de poder tocar sus armas; sus sombras habían sido encadenadas por las Cadenas Oscuras de Kage, inmovilizando sus cuerpos por puro terror.
Cuando entró al salón principal, la música se detuvo. El silencio fue repentino y sepulcral.
—Vance —dijo Kage. Su voz no era alta, pero resonó en cada rincón del salón como si el edificio mismo estuviera hablando.
El General se giró, dejando caer su copa. El cristal se hizo añicos contra el mármol.
—Tú… deberías estar muerto. ¡Guardias! ¡Fuego a discreción!
El Santuario se despliega
Cincuenta soldados de élite apuntaron sus rifles de asalto. Antes de que el primer dedo apretara un gatillo, Kage juntó las palmas de sus manos.
—Manifestación del Santuario Prohibido: Oscuridad Eterna.
En un latido, el mundo desapareció. El lujoso salón, las luces, las paredes de mármol… todo fue reemplazado por un vacío absoluto, una dimensión de negrura infinita donde no existía el arriba ni el abajo. Los invitados y soldados gritaban, pero sus voces se ahogaban en la nada. No podían ver nada, ni siquiera sus propias manos.
Pero Kage lo veía todo.
Se movía entre ellos como un espectro. Usando su Boxeo de Sombras, desarmó a cada soldado en un abrir y cerrar de ojos. No los mató de inmediato; simplemente destruyó sus armas y les propinó golpes quirúrgicos en los centros nerviosos, dejándolos flotando en el vacío del santuario, paralizados.
El Juicio de Vance
Kage apareció frente al General Vance. Para el General, Kage era solo una presencia invisible y aterradora; para Kage, Vance era una silueta de energía temblorosa y patética.
—¿Recuerdas mi séptimo cumpleaños, Vance? —preguntó Kage, manifestando la Katana Sombría. El filo negro zumbaba, devorando el poco aire que quedaba—. ¿Recuerdas la orden que diste en esa casa de seguridad?
—¡Fue por la patria! ¡Eras una propiedad del Estado! —grito Vance, disparando su pistola hacia donde creía que estaba la voz.
Kage atrapó la bala con dos dedos envueltos en sombra y la dejó caer.
—Ella no era propiedad de nadie. Ella era mi madre.
Kage no usó la espada para un corte limpio. En su lugar, usó las sombras para proyectar en la mente de Vance los últimos momentos de Hana, el dolor de la traición y el sufrimiento de los experimentos. El General cayó de rodillas, agarrándose la cabeza, mientras las 3000 sombras de Kage lo rodeaban, susurrándole sus propios pecados al oído.
—El Santuario no solo atrapa el cuerpo, Vance. Atrapa la conciencia —dijo Kage, apareciendo finalmente ante sus ojos, con el cabello blanco brillando en la penumbra—. Vas a vivir en este vacío durante lo que te parezca una eternidad, viendo su rostro cada vez que parpadees.
Con un movimiento final de su mano, Kage cerró el santuario. Cuando la realidad regresó al hotel, el salón estaba intacto, pero todos los soldados estaban inconscientes. El General Vance estaba en el centro, catatónico, con los ojos abiertos de par en par pero sin rastro de alma en ellos. Había sido «borrado» psicológicamente.
Kage-Bukky ya no estaba allí. En la pared, escrito con una sombra que se negaba a desaparecer, quedó un mensaje:
«Falta uno. Aris Bukky, estoy en casa.»
Capítulo 10: Sangre, Cenizas y Sombras
El laboratorio original, la Instalación 0-G, ya no era un lugar de ciencia; era un búnker de guerra. Kage-Bukky caminaba por el pasillo principal mientras las alarmas aullaban. A cada paso, su Santuario Prohibido se filtraba de su cuerpo, desintegrando las paredes de titanio.
Al final del pasillo, en la misma sala donde Kage fue amarrado a los siete años, estaba él.
El Dr. Aris Bukky no se veía como un anciano. Su cuerpo estaba hinchado de venas negras que brillaban con un tono púrpura radioactivo. Se había inyectado el «Suero Génesis», una versión inestable que mutaba la carne en energía pura.
—Viniste a morir donde naciste, Sujeto 01 —dijo Aris. Su voz ya no era humana, era un rugido metálico.
El Choque de Titanes
Sin previo aviso, el suelo estalló. Aris se movió a una velocidad que incluso para Kage era difícil de rastrear. Su puño, envuelto en una energía púrpura volátil, chocó contra el Boxeo de Sombras de Kage. La onda de choque fue tan potente que el techo del laboratorio voló en mil pedazos, dejando el campo de batalla abierto bajo una tormenta eléctrica.
—¡No eres un padre! —rugió Kage, devolviendo un combo de golpes que hacían que el aire explotara—. ¡Solo eres un arquitecto de la miseria!
Kage desplegó su Katana Sombría, pero Aris hizo algo impensable: de su propio antebrazo generó una hoja de plasma de energía pura. El choque de las dos armas creó una esfera de vacío que empezó a succionar todo a su alrededor.
La pelea se volvió un borrón de velocidad. Kage usaba sus Cadenas Oscuras para columpiarse entre los escombros, lanzando tajos que cortaban edificios enteros a la mitad. Aris, poseído por una fuerza bruta inhumana, lanzaba ráfagas de energía que vaporizaban el suelo.
El Clímax: El Límite de la Oscuridad
Kage estaba herido; la energía púrpura de su padre quemaba incluso las sombras. Sangre corría por su rostro, mezclándose con el blanco de su cabello.
—¡Es inútil! —gritaba Aris, mientras su cuerpo crecía y se deformaba, convirtiéndose en un monstruo de energía de cuatro brazos—. ¡Yo creé las sombras, yo soy su dueño!
Kage cerró los ojos. En medio del caos, escuchó la voz de su madre en su interior: «No pelees con odio, Kage. Pelea por la paz que nos robaron».
Kage guardó su katana. Aris se lanzó sobre él para el golpe final.
—MANIFESTACIÓN FINAL: Eternium Somber —susurró Kage.
No fue solo un santuario. Kage absorbió las 3000 sombras dentro de su propio cuerpo físico. Su piel se volvió obsidiana pura y sus ojos emitieron un brillo blanco cegador. En un movimiento que recordó la técnica más fina de un maestro, Kage esquivó el ataque de Aris y le propinó un golpe directo en el núcleo del pecho.
No fue un golpe de fuerza, fue un golpe de «vacío».
Las 3000 almas atravesaron el cuerpo de Aris, llevándose consigo la energía que lo mantenía unido. El laboratorio desapareció en una explosión de luz negra que se vio desde el espacio.
El Final: Cenizas al Viento
Cuando el humo se disipó, solo quedaban cráteres y escombros. Kage estaba de pie, con la ropa destrozada, mirando el cuerpo marchito y humano de su padre, que agonizaba en el suelo.
Aris intentó hablar, pero Kage solo puso una mano sobre sus ojos. No hubo odio en su gesto, solo una tristeza infinita.
—Descansa en la nada que construiste —dijo Kage.
Con un último esfuerzo de su voluntad, Kage liberó todas las sombras. Miles de luces blancas salieron de su cuerpo, subiendo hacia el cielo como luciérnagas. Entre ellas, vio una luz más brillante y cálida que las demás. La sombra de Hana se detuvo un segundo frente a él, le acarició la mejilla con un calor que no había sentido en 18 años, y luego ascendió junto a las demás.
Kage-Bukky, el prodigio, el arma, el segador, se quedó solo bajo la lluvia. Sus manos ya no estaban teñidas de negro. Por primera vez desde su séptimo cumpleaños, el sol empezó a salir por el horizonte, y su sombra, por fin, era solo una sombra normal.
Escrito por: Daniel Useche.
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