El clima en el sótano

El clima en el sótano

Ula Mano

28/01/2026

En el sótano bajo la vieja casa, el clima cambiaba constantemente. No el de arriba —tormentas, suaves lluvias primaverales, ventiscas invernales que sacudían los cristales del primer piso—, sino el que Rolando cultivaba en la frescura húmeda de la oscuridad.

Ya era un anciano; las articulaciones le dolían, reaccionaban a los cambios de presión atmosférica.

Hoy, una niebla apenas perceptible se adhería a las motas de polvo, se posaba sobre la curva suave de una botella de vino cerrada y dibujaba en el suelo de piedra patrones de ríos efímeros. Decidió que aquel era un día para los recuerdos. La niebla olía a lluvia y a cosas olvidadas, a tierra húmeda en la que una vez, junto a una niña llamada María, había enterrado una pequeña caja tallada de madera. Tenían ocho años. Dentro había una pluma de petirrojo, un fragmento de vidrio azul y una promesa de volver. María nunca volvió.

El clima del sótano nunca era casual. Era un mapa complejo del mundo interior de Rolando. Cuando lo alcanzaba la pena, del techo aparentemente sólido empezaba a caer una llovizna fría que repiqueteaba en el cubo de hojalata que guardaba precisamente para esos momentos. La ira se manifestaba como un viento seco y cortante, con olor a piedra recalentada y arena, que desollaba los recuerdos hasta dejar solo los hechos desnudos. La alegría —una visitante poco frecuente— llegaba como una ráfaga tibia, trayendo consigo el aroma fantasmal de la madreselva, como si las paredes del sótano recordaran un verano muerto hacía mucho tiempo.

La niebla de hoy no era ni triste ni furiosa. Era contemplativa: un clima en el que se podían revisar los restos de una vida vivida, tocar el vidrio liso de los frascos de conservas nunca abiertos, pasar el dedo por las grietas de las paredes —las mismas que atravesaban su propia vida.

Su hija Ana consideraba todo aquello una demencia senil.

—Es solo un sótano, papá —decía con impaciencia—. Aquí está húmedo, hace frío. Aquí no hay ningún “clima”.

Nunca se quedaba el tiempo suficiente para sentir cómo cambiaba el aire, para notar cómo la luz de la única bombilla se suavizaba y se quebraba en los momentos de melancolía, cómo las sombras se espesaban y se derramaban como aceite durante los ataques de arrepentimiento. Ana vivía en un mundo de pólizas de seguro y hechos concretos. No podía imaginar una realidad en la que las emociones tuvieran un cálculo y la memoria su propio clima. Para ella, el sótano era solo un lugar donde se guardaban cosas inútiles, el último refugio de un padre al que reconocía cada vez menos. Para Rolando, en cambio, era el último lugar honesto de la tierra.

Un martes, el sótano estalló en una tormenta feroz, como ninguna que Rolando hubiera provocado antes. El viento aullaba, derribando frascos de los estantes y haciéndolos añicos contra el suelo de piedra. No era solo viento: era un torbellino de preguntas, remordimientos, palabras no dichas. Olía a aire viciado de hospital y a una nota punzante de miedo. En su epicentro, la niebla de los recuerdos fue barrida por completo, dejando solo la piedra fría y el aullido de una vida que llegaba a su fin.

Cuando por fin la tormenta se calmó, el aire del sótano se volvió antinaturalmente inmóvil, muerto, enrarecido. La única bombilla parpadeó una vez y se apagó, sumiendo el espacio en una oscuridad profunda y absoluta. En este nuevo y último clima, el sótano dejó de ser un lugar para los sentimientos o la memoria. Se convirtió simplemente en un sótano: polvo, piedra y silencio, despojado de toda presencia. El clima había cambiado por última vez.

Ana bajó al fin de semana siguiente, guiada por una sensación a la que no sabía ponerle nombre. Abrió la pesada puerta de roble y miró hacia la oscuridad.

—¿Papá? —llamó.

Su voz sonó apagada, ahogada por la quietud. Accionó el interruptor: la bombilla no se encendió. Con fastidio, sacó el teléfono y encendió la linterna; el haz cortó la oscuridad como una franja estéril. A la luz aparecieron frascos volcados, manchas de humedad en el suelo, polvo cubriéndolo todo como un sudario. Solo vio un viejo sótano desordenado.

Pero, de pie allí, sintió de pronto un extraño cosquilleo en el pecho. Una niebla leve y fresca, con un tenue olor a madreselva, empezó a posarse sobre la pantalla del teléfono. Miró, sin comprender, cómo una sola gota trazaba lentamente un camino sobre el vidrio —no como una lágrima, sino como el inicio de un nuevo pronóstico.

El clima en el sótano volvía a cambiar.

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