No mates a las arañas

Por ti estoy muerta. ¡Qué esperanza de que me escuchen! Te oí el otro día hablando con tu hermano; me quieren meter al asilo de San Jerónimo. Por eso preferí matarme. No pisaré esa telaraña. Allí las moscas se retuercen hasta perder la voluntad de vivir, luego viene ella. Y no es la muerte.

Solía ir al asilo para visitar a tu bisabuela; luego, a tu edad, entré como enfermera. Cuando recién entré a trabajar, aún estaba la señora Neíta. Allí. Recostada. Al tanto siempre del jardín desde la negrura de su habitación. Era una anciana que, en lo mínimo, tendría cien años la última vez que la vi, si aceptamos que tenía la misma edad que tu bisabuela en aquellos años.

No hay cédula, ni testimonios, ni notas, ni siquiera un estilo arquitectónico para conocer la edad del asilo. Sus muros, sus columnas y ventanas, eran de un minimalismo desconocido para los tiempos anteriores al siglo XX, pero sumada toda su geometría, no parece muy distinto a lo que debieron ser los palacios hititas; pienso que existe desde que existe el miedo. Y sospecho que aquella vieja siempre ha estado ahí.

La primera vez que supe de Neíta fue una tarde en que, tu bisabuela y yo, nos quedamos viendo un rosal en el jardín. De la profundidad de una flor salieron unas patas largas y gruesas. Me abracé de la cintura de mi abuela, y me dijo que las arañas no hacen nada si no las molestan, que son buenas porque se comen a las plagas. Eso, me dijo, le había explicado Neíta, y «Neíta es una mujer sabia».

Unos días antes de que muriera mi abuela, fui a visitarla; estaba encamada. Tenía una rosa en la ventana. Me miró en absoluto silencio con sus ojos desatados.

Cuando comencé a trabajar en el asilo me asignaron a varios residentes, entre ellos, a Neíta. Me pidieron que le hiciera una limpieza de oído a diario, al punto de las seis de la tarde. No le gustaban los focos; si no fuera por el estor que daba al jardín, el negro del vacío revestiría esa habitación. Allí, solo un sobrealiento rasposo y lento interrumpía al silencio. Tenía que forzar la vista para asegurarme de que no quedara rastro de pus o vellos en los oídos de la vieja. Gemía y se sacudía con el tacto del algodón plisado. Su voz era grave, gravísima; el aullido de una bisagra vieja. El líquido de sus orejas era blancuzco, turbio, hirviente.

Ninguno de mis colegas sabía decir algo sobre la señora. Nadie supo decirme si alguna vez había recibido una visita. Tampoco les importaba demasiado. A diario recorría, apoyada del brazo de su cuidador, los laberintos del asilo; la cabeza agachada, sus manos encrespadas.

¡Ay, aquella tarde en su habitación! Acostada en su cama. Salía de ella una respiración congestionada y húmeda. Cuando acerqué el cuentagotas al oído de Neíta, liberó de su infernal garganta el hondo lamento. Comenzaron a convulsionar sus manos y sus pies. «Ya casi acabamos, señora Neíta, aguante un minuto». Para continuar con el otro oído, volví su rostro hacia mí; su cadavérica apariencia me hizo retroceder un paso; sonó un crujido, como una hoja seca. Miré el suelo. No distinguí lo que pisé. Me observaban, cuando volví la vista a la cama, dos desmesurados agujeros que lloraban ese líquido blancuzco y caliente que le salía por el oído. Mientras Neíta se enderezaba, retrocedí. No dejé de mirarla; llegué hasta la puerta y tomé la perilla. Dos patas gruesas y velludas, cada una más larga que un ser humano, salieron por debajo del pie de cama. Como troncos gruesos y podridos de mezquite. Enmarcaba el estor la ahora erguida sombra de la señora, cuyos brazos pendían como flores marchitas. Le di la espalda para salir; al mirar a través del resquicio de la puerta, ya no estaban ella ni las patas. Retrocedí.

El silencio se adueñó del asilo; todos los residentes y el personal, petrificados, me seguían con la mirada; cientos de ojos clavados en mi espalda me acosaron desde las puertas de las habitaciones, por las ventanas, por las esquinas. Con disimulo firmé el libro de llegadas y salidas en la recepción. Me temblaban las rodillas, las manos, el pecho. Me desvanecí detrás de la verja.

Así que, hijo mío, por esto preferí la muerte.

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