Late mi corazón, azul, con su pequeño reloj de cuerda alojado junto a la válvula tricúspide, activando el mecanismo que hace circular el vapor desde las aurículas a los ventrículos al ritmo de una melodía de jazz eléctrico. El show está a punto de comenzar.
El hombre acordeón se abre paso entre la multitud como un caracol de papel, al mismo tiempo que un científico enfundado en su bata blanca pedalea sobre una bicicleta imaginaria.
Un león invisible ruge dentro de una jaula de barrotes de oro que gira sobre el proscenio de madera tallada. Sobre la cabeza de una elegante dama de la Belle Époque se desplaza un tocado con la trompa de un gramófono, amplificando la melodía que brota de sus labios.
Grandes giros en el aire de esturiones rayados, plateados, irisados, que caen sobre una red elástica como una lluvia de peces humanos. Los observa la mujer diminuta, ataviada con una estola de piel color ámbar del Báltico.
Un candelabro cuelga en el espacio aéreo sostenido por un hilo de cristal. La mesa invertida, con un mantel rojo, pende del techo con sus comensales boca abajo. Alzan sus copas para brindar con un vino tan embriagador como inexistente, entre risas y diálogos en perfecto francés de cabaret.
Los aros del vestido y el corset victoriano acompañan a la bella dama asiática mientras sonríe nerviosa a sus invitados.
Los brazos de la diosa Saraswati emergen sobre una enorme piedra, pulida y brillante como recién sacada de un estanque nazarí. Se cimbrean en una danza hipnótica, como los apéndices de una medusa.
Un mini salón de té acoge, en sus paredes esféricas, a la pequeña Lilly. Sostiene una taza de porcelana en miniatura mientras saluda al público como si fuese la dueña de este reino mágico. Parece la bola de un gigantesco árbol de Navidad.
Sobre la lona blanca de un globo aerostático se proyectan imágenes de dedos danzarines que galopan, corretean, bailan y acarician el rostro perplejo y juguetón de un adulto cuyos ojos se abandonan al asombro. La máquina voladora, con sus alas de dragón, sobrevuela las bocas abiertas y alucinadas, y sus pasajeros con gafas de aviador agitan sus manos desde lo alto. Un tren humano atraviesa las siluetas de los árboles, casi rozando la cuarta pared.
El mimo se asea, maúlla y ronronea como un gato, mientras una mujer del público elegida al azar sonríe tímidamente desde el otro lado del sofá de terciopelo, sin atreverse a acariciarle el lomo.
Todo transcurre en varios planos superpuestos, como mundos paralelos de fantasía multicolor. Entre trampolines, poleas, sillas apiladas y nubes de algodón blanco y satén, emerge un equilibrista que, por un instante, nos interrumpe la respiración.
Aluvión de aplausos y vítores se van amortiguando como notas que se disuelven en la madera del escenario. Mientras, cae la noche sobre la carpa. Poco a poco, ésta queda en silencio, como un campo de feria regado y vacío después de la lluvia.

OPINIONES Y COMENTARIOS