Aunque la noche era cerrada, vi muy cerca de mi cabeza cómo la bala arrancaba chispas de la pared de piedra y sentí al mismo tiempo un dolor lacerante en la mejilla. Aún hoy no sé si la cicatriz que conservo fue obra de una esquirla o de la propia bala rebotada.

El miedo, que llevaba días creciendo desde que los pocos supervivientes de nuestro batallón quedamos aislados en aquel pueblo de la sierra, se transformó en pánico. Disparé hacia el campanario, donde sabía que se ocultaban los francotiradores, mientras luchaba por no perder el control del cuerpo.

El frío era insoportable. Hacía dos días que no dormía y tres desde la última vez que probé algo caliente, un brebaje que el cocinero llamaba sopa. Todas las esperanzas estaban puestas en las tropas azules que debían rescatarnos. Cada hora que pasaba, eran menos.

Estaba solo en aquella calle estrecha, sintiéndome un blanco fácil. Temía la noche, pero aún más la llegada del amanecer, que podía traer el asalto final.

Entonces se abrió una ventana sobre mí. De su interior salía un calor inesperado. Una mujer joven me hizo señas para que entrara.

Crucé la puerta de la pequeña panadería con las fuerzas justas.

Me dejé caer en una silla.

—Gracias —murmuré.

—¿Tienes hambre?

Asentí. Enseguida puso ante mí pan reciente y una gruesa loncha de tocino que devoré sin pensar. Mientras tanto, llenaba una bañera con cubos de agua caliente.

Tenía el cabello castaño, la piel muy blanca y una sonrisa serena.

Me ayudó a desvestirme y me condujo al agua tibia.

La paz que sentí fue indescriptible.

Me lavó la cabeza, curó la herida de mi mejilla y me cubrió con una manta después. Sus manos temblaban un poco, pero eran firmes.

Nos miramos.

Nos abrazamos.

El resto fue calor humano en medio del infierno, compañía contra el miedo, dos cuerpos aferrándose a la vida mientras afuera seguía la guerra.

—Hoy es Nochebuena —susurró.

Dormí como no lo había hecho en semanas.

Desperté el día de Navidad con su cuerpo a mi lado, con el frío lejos por primera vez.

—Puedes quedarte aquí —dijo—. Nadie te encontrará.

Supe que no podía volver afuera.

Y me quedé.

Durante años no salí más que al pequeño huerto que el muro ocultaba del mundo. Leía el periódico, escuchaba la radio, amasábamos pan por las tardes y cocíamos por las noches. Todo a mano. Todo en silencio.

No tuvimos hijos. Nuestro secreto no lo permitía.

Cada Nochebuena celebrábamos el día en que nuestras vidas se salvaron.

Ayer se cumplieron cuarenta años.

Entonces vino el comandante de la Guardia Civil.

—María —dijo con suavidad—. Tengo que hablar con el hombre que escondes aquí.

Ella rompió a llorar.

—Tranquila. La dictadura terminó. Hay amnistía. Ya no corre peligro.

Salí de mi escondite.

—¿Cómo lo supo?

Sonrió.

—Hace veinte años que estoy en este destino. Lo supe desde el primer día.

José Miguel Díaz Ventosa

Moraña, enero de 2026

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