Cenizas en la Puna

El Inti desplegaba su poderosa corona sobre la bruma del horizonte; los destellos rojizos se mezclaban indolentes con el azul profundo de la Puna, dando paso al amanecer. La bruma fresca, todavía impregnada del olor a piedra y altura, acariciaba los sembradíos. Una melodía seca y rítmica brotaba del quinoal que, cargado de granos, se mecía con pesadez. Su mano, una corteza de años y surcos, acariciaba las panojas multicolores —purpúreas, amarillas y ocres— que danzaban fértiles con la brisa. Sus ojos se extasiaban ante la belleza que ese amanecer le brindaba, mientras su mente volaba sobre la siembra que anunciaba una próspera cosecha, el fruto de un pacto silencioso con la Pachamama.

Esa prosperidad que hoy sus ojos bebían no era un regalo del azar, sino el botín de una guerra personal contra el cerro. Sus espaldas, encorvadas como los antiguos cardones, llevaban grabada la memoria de cada piedra acarreada para levantar los pircados. Recordó los inviernos de manos rajadas por el frío, cuando el agua de los surcos amanecía hecho cristal y el oxígeno escaseaba tanto que cada golpe de la azada se sentía como un latigazo en los pulmones. Él no labraba la tierra; la paría. 

Se puso de pie con lentitud, sintiendo el crujido de sus articulaciones, ese viejo lenguaje del cansancio que aceptaba con orgullo. Había pasado la vida negociando con el sol y la sequía, entregando su propia humedad —el sudor, las lágrimas, el aliento— para que esas panojas de quinoa hoy lucieran tan pesadas y vibrantes. En ese instante de plenitud, el hombre sintió que el tiempo se detenía, que sus pies descalzos eran raíces hundiéndose en la profundidad de lo ancestral, fundiéndose con las entrañas mismas de la Pachamama, la única que conocía el peso real de su esfuerzo.No había caminado solo en esa batalla contra la aridez. En cada surco estaba la sombra de su esposa, que había pasado meses de rodillas junto a él, entablando un diálogo mudo con los brotes tiernos, protegiéndolos del viento blanco con mantas raídas. Sus manos, antes suaves, se habían vuelto tan rústicas como la raíz de la mandioca de tanto escarbar la sequedad.Aún le dolía en el pecho el recuerdo de sus hijos pequeños, cuyas risas se apagaban al mediodía bajo el sol de plomo, cargando cántaros de agua que pesaban más que sus propios cuerpos desde el arroyo seco. Los niños no habían conocido el juego que no fuera el de espantar a los pájaros o el de limpiar de plagas las hojas, con los pies agrietados y el rostro curtido por el salitre. La cosecha era el sueño de todos; era la promesa de un invierno con la panza caliente y los pies calzados. Ese quinoal no era solo comida; era el tiempo de su familia convertido en grano, la vida de los suyos transmutada en aquel oro vegetal que ahora brillaba con insolencia. De pronto, el brillo del amanecer se volvió espeso. Un velo de humo gris, con un hedor químico que insultaba la pureza del cerro, comenzó a reptar entre las hileras de quinoa. El hombre no necesitó mirar hacia abajo para saber que no era una quema de pastizales por el calor; el fuego no nace en líneas tan rectas, ni avanza con esa disciplina voraz que solo el combustible y la saña pueden dictar. A lo lejos, una silueta se recortó contra el sol naciente, arrojando una tea encendida antes de desaparecer en el rugido de un motor que se alejaba. El silencio de la Puna fue devorado por el crepitar del incendio. Vio cómo las panojas purpúreas, esas que su esposa había cuidado con rezos, se retorcían bajo las lenguas naranjas. El esfuerzo de los cántaros de sus hijos, el sudor de sus propios pulmones y el pacto con la tierra se convertían en una ceniza negra que el viento empezaba a dispersar, como si nunca hubieran existido.

El silencio de la montaña fue profanado por el motor de una camioneta blindada que se alejaba por el camino de cornisa, dejando tras de sí el rastro de una risa indiferente y el desprecio de quienes ven en la tierra un mapa de ganancias y no un templo de vida. Para ellos, ese campo no era más que un obstáculo para un proyecto minero, una mancha en un plano que un fósforo podía borrar. El fuego avanzaba con la arrogancia del que se sabe respaldado por el poder.

Al ver la primera lengua de fuego lamer la quinoa de sus hijos, el hombre lanzó un grito primario que desgarró el aire ralo de la Puna. Corrió hacia las llamas, pero el arroyo estaba seco, agotado por los desvíos ilegales que las grandes fincas hacían cerro arriba. Desesperado, se arrojó sobre el fuego. Con sus manos ninfas de barro y callos, intentó aplastar las brasas; golpeó la tierra encendida con sus palmas, sintiendo el olor de su propia carne quemándose, pero no se detuvo. Sus manos, que habían acariciado la vida, ahora luchaban contra la muerte roja. Lloró, pero sus lágrimas se evaporaban antes de tocar el suelo, como si hasta su propio dolor le fuera negado por la sequedad del mundo. Cuando el fuego terminó su trabajo, el hombre quedó arrodillado entre el humo. El sol, ya alto, teñía de rojo las cenizas calientes. Aquella misma luz que al amanecer había prometido vida ahora brillaba sobre un campo negro, mudo. Miró el horizonte con las manos vacías, sabiendo que allí, donde el motor se había perdido entre los cerros, ya se habían olvidado de su existencia. Bajo la capa tibia de ceniza, la tierra seguía respirando. Él lo sabía. Había aprendido, a fuerza de años y de pérdidas, que el fuego podía devorar el sudor de una vida entera, pero no aquello que se hunde profundo. El que pasa solo deja huella; el que labra, en cambio, se queda. Y aunque ahora todo pareciera arrasado, la tierra —como siempre— sabría reconocer a quién pertenecía ese esfuerzo cuando llegara el momento de reclamarlo. El Inti seguía allí, alto y antiguo, sosteniendo la memoria del amanecer. Bajo las cenizas aún tibias, la tierra aguardaba.

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