Le dijeron a José —ese muchacho inquieto del aula, el que miraba más por la ventana que al pizarrón— que explicara, a su manera y con su entendimiento todavía en crecimiento, la teoría del Big Bang. En realidad se lo dijeron a todos los alumnos del noveno grado, pero José fue el único que sintió que el universo le estaba hablando directamente, como si le hubiese guiñado un ojo desde muy lejos.
Sacó su libreta, que todavía olía a recreo y a merienda, y escribió:
“En el principio no había oscuridad, porque para que exista la sombra hace falta una luz que se esconda, y allí no había nada que pudiera esconderse.
Solo existía el Gran Huevo de Cristal, un silencio tan apretado que guardaba todas las risas futuras, los relámpagos que aún no habían aprendido a rugir y los colores de las guacamayas que todavía no sabían volar. Todo estaba reunido en un solo punto, más pequeño que la uña de un colibrí nervioso.
Dentro de ese punto el tiempo no caminaba; estaba sentado, con los codos en las rodillas, esperando su turno. Las selvas del año 2026, los mares de plata, las tormentas que asustan y los ojos curiosos de los niños que aún no nacían estaban allí, apretados como una semilla mágica que sueña con convertirse en bosque.
De pronto, el silencio sintió cosquillas. Fue un hipo de alegría, una impaciencia suave de lo real. El Huevo ya no pudo aguantar más el peso de tantos mundos.
No fue una explosión de pólvora ni de guerra, sino una implosión de asombro. El cristal se rompió hacia afuera y hacia adentro al mismo tiempo, como cuando una piñata invisible estalla en el cielo de la nada y nadie sabe quién dio el primer golpe.
En ese instante, la nada se llenó de algo. Las estrellas brotaron como palomitas de maíz demasiado calientes, y el espacio se estiró como una sábana de seda que intenta cubrirlo todo. Los planetas empezaron a girar como trompos borrachos de luz, y el primer rayo de sol salió corriendo a buscar un espejo donde peinarse.
Así, en un solo parpadeo gigante, el universo pasó de ser un secreto guardado en un puño a convertirse en este jardín infinito donde hoy, tú y yo, podemos mirar al cielo y sentir —aunque no sepamos explicarlo— el eco de aquel primer nacimiento.
José levantó la cabeza, dudó un momento, y añadió con letra más pequeña, como quien pide disculpas por soñar demasiado:
Para seguir explorando los misterios del cosmos, se puede visitar el sitio oficial de la NASA en español —escribió—, “porque mi relato es figurado, y las ciencias no: ellas cargan la verdad absoluta… al menos la verdad absoluta de su tiempo.”
Cuando entregó el trabajo, el profesor ajustó los lentes y sonrió sin saber por qué.
Y José, mientras tanto, volvió a mirar por la ventana, convencido de que el universo —como él— todavía estaba creciendo y no había terminado de explicarse del todo.
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