Están sentados no demasiado juntos, cada uno en una esquina del sofá del salón de aquella casa, que no es que fuese demasiado grande. El hermano mayor engulle el último gajo de la naranja cuyas pieles están amontonadas en una esquina de la mesa. Apura el vaso de vino y se limpia la boca antes de dar por concluido el almuerzo. A esa señal implícita los dos vuelven a recostarse en su correspondiente esquina. La puerta abierta muestra un jardín un tanto descuidado, la ventana también descuidadamente abierta una calle en sombra a aquella hora de la tarde. Extrañamente se oían los pasos de dos personas acercándose por la acera, porque a la hora de la siesta y casi a finales del mes de julio nadie del pueblo saldría a caminar si no fuese estrictamente necesario. Y a ellos no se les ocurría que pudiese ocurrir nada tan necesario en ese pequeño pueblo en mitad de ninguna parte.
Los dos hermanos acostumbran a pasar los veranos en el pueblo desde que tienen memoria. Allí regresaban con sus padres cada mes de junio para seguir disfrutando de su infancia alegre. Las ventanas y las cortinas de la casa se cerraban por la mañana, cuando la sombra del alero del jardín empezaba a abandonar la puerta de entrada, y se abrían cuando el sol desaparecía en el ocaso. Con constantes interrupciones cuando un primo o una vecina o un amigo entraba sin llamar para traer un mandao o solo para saludar a sus padres. Sin embargo, los dos últimos veranos no habían sido iguales. Desde que su madre había muerto dos meses después de que lo hiciese su padre y la casa hubiese pasado a ser completamente suya, pasaban los veranos sin más compañía que la mutua. Los vecinos ya no entraban porque no encontraban respuesta de los hermanos a su saludo sin motivo, los primos tampoco se acercaban porque ya no tenían mandaos para aquella casa. Así que las pesadas tardes como aquella, que cada día empezaba a una hora distinta, cuando el primero de los hermanos se aburría demasiado de no hacer nada y rompía el silencio desde la esquina del sofá que le hubiese tocado:
— ¿Qué? Nos freímos unos huevos
Así que los dos escucharon nítidamente los pasos acercándose. Y a los dos les resultaron familiares. El mayor de los hermanos vio como el más pequeño hacía ademán de asomarse a para identificar a los dueños de las pisada, pero al final se dejó caer de nuevo en su esquina del sofá. Los dos se dieron cuenta al mismo tiempo de que los pasos eran de un hombre y de una mujer, ambos tenían el mismo ritmo pero unos eran firmes y otros tenían un ritmo a dos tiempos, plic-toc plic-toc plic-toc… Su dueña calzaba tacones. Los hermanos ya veían la sombra de los caminantes en el suelo debajo de la ventana. Al fijarse con detalle se percataron de que la sombra parecía ser causada por una sola persona que caminaba debajo de una boina. Ya no, ahora había su lado una segunda cabeza debajo de un moño alto, seguramente se asomó después porque su portadora era más pequeña. Vió como la boca de su hermano sentado más cerca de la ventana se abría con asombro, como sus pupilas se dilataban. La sombra ya dejaba identificar claramente que la portaban una pareja mayor. Entonces el también abrió la boca y dilató las pupilas al mismo tiempo que la cabeza de su padre se asomaba a la ventana y la voz clara de su madre les decía con una sonrisa:
— ¿Pero hijos que hacéis con las cortinas sin echar a estas horas?
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