A veces, por las noches, oigo ruidos extraños e inquietantes. Como ahora, por ejemplo. Oigo el llanto de un niño y el sonido de una placa metálica que es golpeada de forma lenta e impredecible. A veces sí, a veces no. A veces dos golpes, a veces tres.

Me asomo al ventanal del salón y miro hacia mi calle, que es estrecha y con una parte en obras, llena de vallas y agujeros. No veo al niño y no tengo ni idea de dónde puede estar la placa. ¿Será una de las paredes de un contenedor de basura?

No soporto la idea, me revuelve el estómago, así que deslizo la hoja del ventanal y salgo a la terraza. Al frío del invierno de Madrid. En pijama. Apoyo las manos en la barandilla metálica y saco medio cuerpo fuera para echar un buen vistazo. Ninguno de los contenedores de enfrente se mueve en lo más mínimo, a pesar de los golpes. Por primera vez en un buen rato, me siento aliviado. Además, el sonido metálico parece venir de la izquierda y los lloros del niño, de la derecha. ¿Del edificio de al lado, quizás? Igual es un bebé al que le están aplicando el método Estivill para que aprenda a dormirse solo. Justo lo que nosotros nunca hicimos con nuestro hijo. No podíamos soportar su llanto sostenido, el bebé más y más rojo, su voz cada vez más ronca, y no atenderlo. O igual es un niño más grande que tiene una rabieta de puro cansancio justo antes de irse a la cama.

La sensación de alivio me devuelve a la realidad del dolor en mis manos heladas, y decido entrar en casa para abrigarme un poco. Junto a mi chaquetón está el de mi hijo. Él no está, pues ha salido con unos amigos, y mi esposa tampoco, pues ha quedado con unas amigas. Aprovecho para registrarle los bolsillos y encuentro un paquete de cigarrillos casi entero. Le robo dos y el mechero, me abrigo bien y vuelvo a la terraza.

Ya no hay lloros. El niño se habrá dormido. Enciendo el primer cigarro e intento relajarme. Me dejan un rato para disfrutar yo solo y mira qué trajín. Veo un coche que se acerca por la izquierda y aparca no muy lejos. Enciendo el segundo cigarro. Del coche se baja mi esposa. La habrá traído una amiga, la que justo ahora sale por la puerta del conductor. No la conozco, pero, por lo que veo, es un pibón: alta, delgada, con piernas muy bonitas. Me escondo por si ven la luz del cigarrillo, pero sigo mirando cada poco. Se abrazan, qué tierno. ¿Se están dando un morreo? Me apoyo contra la pared con el corazón al galope. Me asomo otra vez, ahora van de la mano. Pasa el pibón delante, cruza por la placa metálica sobre un agujero de obra, se oyen dos golpes. Pasa mi mujer detrás, tres golpes. Se vuelven a coger de la manita. Como miren para arriba, me pillan. Así que entro a toda prisa, tiro las dos colillas al patio interior, devuelvo el mechero y el abrigo, me lavo bien los dientes, me meto en la cama y hago todo lo posible por parecer dormido.

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