La puerta del bar de San Telmo se abrió sin hacer ruido, como si ya supiera quién entraba .Adentro, el aire tibio olía a café recién hecho y a madera vieja. Las mesas lustradas por los años, la barra marcada por generaciones de codos apoyados, los cuadros colgados torcidos: testigos mudos de una ciudad que todavía respiraba ahí dentro. Juan levantó la mano apenas cruzó el umbral.—¿Qué hacés, Cacho? ¿Todo bien, papá? La sonrisa le salió sola, de esas que no se piensan. Caminó hasta su mesa de siempre, la del ventanal que daba a la calle Bolívar. Se dejó caer en la silla como quien llega a su casa. Afuera, la vereda era un desfile lento: turistas con mochilas, vecinos apurados, algún indigente buscando sombra. Todo mezclado, todo vivo. El camarero se acercó arrastrando un poco los pies.—¿Lo de siempre?—Y… sí, viejito. Un feca bien cargada, que vengo medio cruzado. Mientras esperaba, Juan apoyó el antebrazo sobre la mesa y se quedó mirando la calle. No buscaba nada en particular. Le gustaba ese desorden humano, ese ir y venir sin reglas claras. Giró la cabeza, recorrió el bar con la mirada, reconoció gestos, silencios, historias que no necesitaban palabras.—Acá tiene su café, caballero —dijo el camarero.—Gracias, papá .Revolvió el café despacio. La cucharita chocó con la taza con un tintineo breve. Sonrió. En ese lugar, el tiempo no apuraba a nadie. Titiri ti… titiri ti…El teléfono vibró sobre la mesa.—¿Qué hacés, chabón? —dijo, sin bajar la voz—. Sí, acá ando… tomando una feca mientras te espero. Hizo una pausa, miró la calle.—No tardes, boludo, que después tengo que rajar. Escuchó. Frunció apenas el ceño.—No, no me tomes de gil. La teca va a estar, quedate tranquilo… ¿qué pensás, que soy un perejil? Cortó y dejó el celular boca abajo. Dio un sorbo largo al café, mientras su mirada se perdía en la multitud tras el cristal.—¿Puedo? Una figura elegante se paró frente a él.—Dale, sentate —dijo Juan, corriendo apenas la silla—. Largá el rollo y contame. Hablaron sin levantar la voz. Negocios, tiempos, promesas dichas a medias. Juan asentía, preguntaba poco, miraba mucho. Cada tanto, giraba la taza entre los dedos .Miró el reloj.—Uh… la puta madre. Me tengo que ir ya, flaco. Si no, no llego. S

e levantó de golpe, agarró el portafolio.—Quedate tranquilo, eh. Está todo en orden. La mosca va a estar. Vos fumá. La mirada del otro se le clavó encima.—No, no… no es ninguna minita —aclaró Juan, casi riéndose—. Es laburo. Después te llamo y cerramos bien, ¿dale, papá? Levantó la mano hacia la barra.—Chau, Cacho. Nos vemos .Salió apurado. La calle lo recibió con ruido, bocinas, voces cruzadas.—Carajo… no llego —murmuró mientras caminaba rápido—. Y encima me tengo que bancar a estos giles. Pero bueno… todo sea por la guita .Empujó la puerta del edificio y subió las escaleras de a dos. Cuando entró al aula, el murmullo se apagó de golpe. Todos se pusieron de pie. Juan frenó un segundo. El cuerpo, que en el bar se le había movido suelto, ahora parecía pesarle más. Dejó el portafolio sobre el escritorio, acomodó las hojas con un gesto automático.—Siéntense….Tomó la tiza. La sostuvo un instante de más entre los dedos, como midiendo algo invisible. El aula estaba quieta, demasiado quieta. Ningún olor, ningún ruido que lo abrazara. Se dio vuelta y empezó a escribir. La tiza chirrió sobre el pizarrón. El sonido se clavó en el aire.  La letra salió prolija, pareja, firme. Nada quedaba librado al azar .El teléfono volvió a vibrar Juan apretó la mandíbula. Sin darse vuelta, habló:—Copien eso. Ahora estoy con ustedes. Atendió sin mirar la pantalla.—No me llames ahora, boludo —susurró—. ¿No ves que estoy dando clase? Escuchó, respiró hondo.—Sí… sí… después lo hablamos. Bancá. Cortó. Guardó el teléfono despacio, como si pesara. Se apoyó en el escritorio, miró al curso.—Bueno… —dijo, acomodándose los anteojos—. Comencemos .Nadie habló .Todos copiaban .En el pizarrón, escrita con una precisión casi cruel, se leía: La importancia de la lengua castellana y su correcto uso en el vocabulario. Juan pasó la mano por el borde del escritorio. Por un segundo, pareció extrañar el ruido del bar, el olor a café, el desorden de la calle. Después, levantó la vista y empezó con su catedra.

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