El matrimonio no es una unión sino una forma del tiempo. Dos personas acuerdan persistir mientras todo, en ellas, se modifica.
Se lo ha definido como contrato, como sacramento, como costumbre. Ninguna definición agota su naturaleza. Es, más bien, una repetición: desayunos, noches, nombres dichos sin énfasis. En esa reiteración —no en el fervor— se cifra su verdad.
El amor inaugura; el matrimonio corrige. Sustituye la exaltación por la vigilancia mutua, el asombro por el conocimiento. Saber cómo el otro miente, cómo se cansa, cómo olvida. Ese saber no garantiza la permanencia, pero la explica.
Toda convivencia es una negociación silenciosa entre dos soledades. El matrimonio no cancela ese diálogo: lo prolonga. A veces lo vuelve intolerable.
Con los años, los cuerpos traicionan la promesa inicial. No por malicia, sino por fidelidad al tiempo. El matrimonio no ignora esa traición; la administra.
Se cree que fracasa cuando concluye. Tal vez fracasa cuando exige eternidad, o cuando confunde duración con sentido. También es posible que no fracase nunca: que solo adopte la forma que le estaba destinada.
El matrimonio es una apuesta menor contra el desorden del mundo. No lo vence. A veces, apenas lo posterga.
¹ Definición atribuida a Eudoro de Cícico, quien también negó la existencia del tiempo en sus últimos fragmentos conservados.
² Véase el Decreto Doméstico de Albinoni (edición apócrifa, 1894), donde se afirma lo contrario.
³ Otros manuscritos reemplazan “repetición” por “fatiga”, sin justificar el cambio.
⁴ Una nota marginal en el códice de Lión sugiere que el matrimonio no corrige nada, pero insiste igual.
⁵ Esta afirmación fue tachada por un copista que anotó: “exageración lírica”.
⁶ Según el mismo copista, la traición no es del cuerpo sino de la expectativa.
⁷ Una tradición menor sostiene que el matrimonio no apuesta contra el desorden, sino que lo administra con mejores modales.
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