El matrimonio es, ante todo, una ficción jurídica sostenida por una fe
cotidiana. Dos personas declaran —ante testigos, formularios y una música que
casi siempre suena ajena— que el tiempo no las erosionará del todo. No prometen
felicidad; prometen persistencia, que es una forma más modesta y más ardua de
la esperanza.

Se suele decir que el matrimonio une. Tal vez sea más exacto afirmar que administra
la distancia. Ninguna convivencia elimina el abismo entre dos conciencias; apenas
lo ordena: horarios, cuentas, silencios compartidos. El amor, si existe, no
suprime la soledad, pero la vuelve habitable.

Hay en el matrimonio una vocación de archivo. Se guardan gestos mínimos: la
manera en que el otro duerme, su forma de cerrar las puertas, los errores
repetidos. Con los años, ese archivo pesa más que las promesas iniciales. El
matrimonio no se sostiene en grandes declaraciones sino en una suma de actos
triviales que, misteriosamente, no se abandonan.

También es una institución del tiempo. Los cuerpos cambian, las palabras se
gastan, las ideas se traicionan a sí mismas. El matrimonio no evita esas
transformaciones; las presencia. En ese sentido, no es un pacto contra el
cambio, sino un acuerdo para mirarlo de frente, juntos, cuando se puede.

Fracasa, dicen, cuando termina. Tal vez fracasa antes, cuando se convierte
en costumbre sin atención, o cuando exige del otro una versión inmóvil de sí
mismo. O quizá no fracasa nunca: simplemente cumple su destino de forma
distinta a la imaginada.

El matrimonio es una forma civilizada de aceptar que nadie se pertenece del
todo, y aun así insistir. Una apuesta discreta contra el caos, firmada a lápiz,
sabiendo que el borrador es inevitable.

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