Le daba terror el mar de noche.
No, no era terror.
Era respeto.
Mucho respeto.
Caminaba por la costa. Tenía mucho en qué pensar.
Agarró sus auriculares, su riñonera, metió las llaves adentro y salió.
Caminó.
Caminó tanto con la vista del mar turquesa,
con las sombrillas de colores simulando un juego de ingenio,
que la mente quedó completamente en blanco.
Ella andaba, caminaba sintiendo la brisa en la cara,
en el pelo.
El viento parecía jugar a enredarle su pelo largo y castaño.
Andaba. Veía. Sentía.
Pero no pensaba en nada.
No sentía apuro.
Todo iba lento, a la velocidad que debía ir.
De donde venía, todo el mundo andaba apurado.
Si algún pensamiento acudía a ella, lo abrazaba.
Sabía que debía desenredar el ovillo.
Caminó, caminó tanto que nunca supo exactamente a dónde iba.
Sonaba la intro de Desire, de Gryffin.
Un tema para bailar.
Pero a Lupe le generaba otras cosas.
Siempre indescriptibles.
Siempre un tornado de emociones juntas.
Se detuvo a escuchar la canción.
Su canción.
Amaba ese tema y todo lo que le hacía sentir,
aunque no sabía muy bien qué era.
Una montaña rusa de emociones.
La nostalgia se apoderaba de ella cada vez que sonaba.
Era extraño.
Algo que ya había vivido y, a la vez,
nostalgia por algo que no fue.
Un deseo.
Se detuvo y observó a su alrededor.
De frente, la inmensidad, apenas dividida por una línea imaginaria:
el cielo y el mar.
El agua azul oscuro.
El cielo apenas más claro.
Las luces de la ciudad se prendían todas para ella,
así lo sentía.
En sus auriculares, la música aumentaba de intensidad.
El ritmo de Lupe también.
Sentía nostalgia,
alegría, tristeza,
y unas ganas inmensas de correr,
como si estuviera escapando de algo.
Quería gritar.
Quería ser feliz.
En ese momento, Lupe entendió que atravesaba un despertar abrupto.
No suave. No gradual.
Uno que sacude.
Era ahí.
El mar estaba frente a ella, inmenso, callado y atento.
No la llamaba.
La miraba.
Como si supiera algo que ella todavía no se animaba a decirse.
Era salir a buscar esa misma vista las veces que quisiera:
mañana, tarde o noche.
Volver una y otra vez a ese límite exacto donde todo termina
y todo empieza.
No quería morir en otro lugar que no fuese ese,
frente al mar que imponía silencio
y exigía verdad.
El viento seguía jugando con su pelo.
La despeinaba, la empujaba.
Pero ya no parecía un juego.
Era un empujón necesario.
Sin saberlo, ese mismo viento —nacido del mar—
intervenía.
La impulsaba hacia la gran ciudad,
como si una fuerza antigua entendiera que quedarse
también es una forma de huir.
Lupe sonrió al cielo,
pero fue al mar a quien le agradeció.
Alzó los brazos.
Cerró los ojos.
Sintió el ruido profundo del agua,
ese respeto que siempre había tenido nombre equivocado.
Y entonces corrió hacia las luces.
No escapaba.
Elegía.
La decisión estaba tomada.
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