La mentira es un recurso que el ser humano suele utilizar con varios propósitos. Puede engañar para lucrar, para no lastimar, por simple diversión, para incrementar su ego, adjudicarse logros que nunca ha obtenido o para chamullarse a una mina, entre infinidades de otros usos. Sea cual sea la falsedad y su objetivo, siempre se llega a la verdad, que no es ni más ni menos que la negación de lo fingido.
En la ciudad en la que vivo, San Antonio de Padua, se cuentan muchas historias; algunas verdaderas y otras falsas que aún no han sido desmentidas. Entre ellas, destaca la del Teatro para ciegos «Don Pedro, el de los Eucaliptus».
Según cuenta el relato, en la intersección de las calles Ayacucho y Roca funcionaba el viejo establecimiento que cada fin de semana albergaba a un número aproximado de 200 no videntes. Estos se acercaban con sus perros y bastones a oír piezas teatrales adaptadas para ellos.
Las paredes estaban despintadas, llenas de humedad, el techo tenía tirantes podridos y hasta colgaban algunos adornos de alguna Navidad pasada. El baño era único, aunque estaba dividido en «Damas» y «Caballeros». Cuando el servicio estaba ocupado y veían que se acercaba algún tipo revoleando el bastón, acudía el acomodador corriendo y gritaba «¡OCUPADOOO!». Lo mismo sucedía cuando aparecía alguna mina llevando al perro: la portera corría y exclamaba «¡HAY GENTEEE!». El tema es que todos escuchaban en la sala los gritos de «los de adentro» —que siempre eran los mismos— y se lamentaban por el estado gástrico de los que pasaban horas en ese sitio. Muchos se aguantaban las ganas de ir para no molestar a aquellas personas y hasta rezaban por su salud.
El teatro era temático. Los sábados solía haber obras de William Shakespeare, como Hamlet, El Rey Lear, Romeo y Julieta y Las alegres comadres de Windsor; mientras que las tardes de los domingos eran protagonizadas por cantantes, poetas, los mejores vendedores de chucherías del tren y los partidos de Boca relatados por el «Gordo» Muñoz.
Desde su inauguración, en abril de 1972, hasta agosto del mismo año, todo marchó con normalidad. La gente aplaudía de pie y los perros movían la cola; todos se iban contentos, pero una tarde/noche todo cambió.
Las mentiras, tarde o temprano, se saben, y esta no fue la excepción. Antonio y Cleopatra estaba siendo representada ese sábado, o al menos eso creían todos. En el transcurso de la función, Cleopatra le dice a Antonio: «Oh, Antonio, mi corazón por ti la-la-la-la-la-la-la-la-la-la».
Primero todos rieron; pensaron que era una actriz tartamuda con garrotera. El ciego tartamudo lloró y un lazarillo ladró. La verdad de la milanesa era que las actuaciones no eran más que discos reproducidos en un Winco con púa de diamante.
Pasados los diez minutos, el chiste pasó a ser tortura. El «la-la-la-la-la-la-la-la-la-la-la-la-la» ya había enloquecido a 32 tipos que empezaron a bastonear al resto. Los perros se empezaron a pelear entre sí y sus dueños siguieron sus pasos, trenzándose también en lucha.
Un grupo mayoritario tomó el rol de revolucionario y reclamaba su dinero. «Sí, sí, cómo no, por acá está la boletería», les decían, mientras los subían a un colectivo 11-14 con rumbo incierto.
Fueron 58 los muertos, 16 los perros robados, 42 los bastones quebrados y quién sabe cuántos desaparecidos. El teatro «Don Pedro, el de los Eucaliptus» quedó derruido e inutilizable, finalizando esa tarde el ciclo de funciones para pasar a formar parte de un mito urbano local.
Dicen que ojos que no ven, corazón que no siente; pero aquel día los ojos no vieron, los oídos sangraron ante el siseo de un disco rayado y el corazón se desangró por la estafa. No esperen un remate para esta historia, porque en las ruinas del Don Pedro, solo queda el eco de una púa que todavía raspa el silencio.
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