Eso lo supieron mucho después, cuando ya el polvo les pesaba en los tobillos y la nostalgia era una fruta amarga que no crecía en ningún árbol.
Antes del Paraíso hubo otro exilio, uno sin barro ni costillas: el de un ser que cayó cuando aún no había dónde caer. Lo llamaron Lucifer, pero ese nombre vino después, cuando las cosas empezaron a necesitar etiquetas para no volverse insoportables.
Cayó sin Tierra, sin tiempo y sin gravedad. Cayó en una posibilidad.
(Nota al margen: Caer antes de que exista el suelo es una de esas maniobras que solo los mitos permiten sin pedir disculpas. En la vida real, primero inventan el suelo, y luego se cae uno).
Dios, que aquel día estaba particularmente silencioso, no lo arrojó al fuego ni al vacío, sino a una idea en proceso. A un borrador del mundo. A un lugar que todavía no era planeta, sino proyecto. (Recordemos que no había creado la Tierra).
Allí, en esa pre-Tierra sin nombre, Lucifer aprendió algo que los ángeles no necesitaban aprender: esperar. Y mientras esperaba, observó cómo la materia empezaba a obedecer reglas, cómo el polvo ensayaba la forma de los cuerpos y cómo la luz aprendía a dividirse.
Cuando aparecieron Adán y Eva, aún desnudos de historia, él ya llevaba siglos de exilio a cuestas.
No los odió. Tampoco los envidió.
Los reconoció.
Porque ellos también eran aprendices de destierro, aunque todavía no lo supieran.
La serpiente —que no era serpiente del todo, ni diablo del todo, ni extraterrestre del todo— se les acercó con una cortesía antigua, como quien no impone nada, sino que sugiere pensar.
—Aprender no es desobedecer —les dijo—. Es ampliar el territorio.
(Aquí convendría aclarar que las serpientes de hoy en día no hablan).
Eva entendió primero. No por rebeldía, sino por curiosidad. Adán la siguió como se sigue a quien ya ha visto algo más lejos.
Comieron.
Y al hacerlo, el Paraíso se volvió pequeño.
Dios los desterró no con ira, sino con una decepción tan vasta que parecía malhumor. No los expulsó de la Tierra, sino del estado de infancia.
Y así se convirtieron en los primeros humanos… y en los segundos desterrados.
El primero había sido Lucifer.
Ellos lo intuyeron sin saber su nombre.
Después del exilio, Adán y Eva no fueron fieles ni a Dios ni a la serpiente. Fueron fieles a algo más incómodo: a lo aprendido. No volvieron a rezar como antes, pero tampoco maldijeron. Se dedicaron a recordar.
Recordaron el Jardín, sí.
Pero recordaron, sobre todo, el instante exacto en que el mundo se volvió pregunta.
(La fidelidad al conocimiento suele confundirse con traición. Es un error común, muy humano.)
Lucifer los observó desde lejos, sin intervenir. Había aprendido que enseñar demasiado pronto era otra forma de castigo.
Y así, en una Tierra que quizás fue creada antes o después de su caída —eso depende de quién cuente la historia—, los desterrados comenzaron a poblar el mundo con hijos, con dudas y con relatos.
El paraíso quedó atrás; el aprendizaje no volvió a cerrarse nunca.
Pero todo mito que se respete debería terminar con la sensación de que alguien nos está ocultando un párrafo.
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