El tiempo no existe: es una cortesía que le hacemos al desorden. Lo invocamos para que las cosas no ocurran todas a la vez, para que el dolor no sea simultáneo, para que la memoria tenga un turno y no una estampida. Decimos “ayer” como quien señala una casa demolida y “mañana” como quien promete una mudanza que nunca concreta.
Los relojes, instrumentos modestos, no miden el tiempo sino la ansiedad. Cada tic es una objeción; cada tac, una disculpa. El péndulo no avanza: oscila, que es una forma elegante de no ir a ningún lado. El calendario, por su parte, es una novela por entregas escrita por burócratas del infinito.
Se nos ha dicho que el tiempo pasa. Más verosímil es que el tiempo nos pase a nosotros, como un tren nocturno que no se detiene en estaciones menores. Algunos aseguran haberlo visto retroceder en los recuerdos, otros juran que se acelera en las despedidas. Yo sospecho que el tiempo es circular cuando duele y lineal cuando se lo enumera.
La infancia no está atrás: está abajo, como un sótano al que bajamos con una linterna defectuosa. La vejez no está adelante: está arriba, en una azotea desde donde se mira lo mismo con menos esperanza. Entre ambos pisos vivimos, subiendo y bajando escaleras que crujen con el peso de los días no usados.
Si el tiempo fuera justo, premiaría a los pacientes y castigaría a los urgentes. No lo hace. Si fuera sabio, se detendría ante la felicidad. Tampoco. Si fuera real, admitiría pruebas. No las hay: sólo hábitos, arrugas, promesas incumplidas y la superstición de los aniversarios.
Concluyo —como corresponde a todo ensayo— que el tiempo es una metáfora insistente. Una coartada. Un modo de decir “no ahora” sin asumir la culpa. Y, sin embargo, mañana —esa palabra sospechosa— volveremos a creerle.
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