Cría cuervos: no aves, sino conjeturas.
Los alimenté con migas de tiempo, con una paciencia que creí virtud. No sabían volar; aprendieron a mirar.
Uno vigila el pasado, otro el porvenir. El tercero —el más silencioso— se posa en el presente y lo corroe. No graznan: recuerdan. No atacan: repiten.
He leído que los cuervos reconocen el rostro del amo. Éstos reconocieron mis debilidades. No me arrancaron los ojos: me enseñaron a verlos desde afuera.
Ahora entiendo el error del proverbio. No es castigo ni traición. Es herencia.
El cuervo no devuelve el alimento: devuelve la forma.
Y lo que vuelve, siempre, es uno mismo.
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